miércoles, 21 de septiembre de 2016

Cristina y los jóvenes universitarios en La Plata





Entro en el Club Atenas cerca de las cinco de la tarde y el aire hierve  con los cantos de los pibes que lograron ganar la conducción de la FULP con el Frente Patriótico Milagro Sala que integra pero no hegemoniza el peronismo   luego de tanto tiempo.  Me llevan los compañeros hasta un pedazo de la tribuna en donde se mezclan algunos dirigentes que han sido y algunos que son como Mario Secco  que estaba feliz con la ovación que recibió al ser nombrado por el locutor.  Todos unidos por una alegría que se respiraba en este acto multitudinario.

Hablan los pibes que además de disfrutar el festejo sienten que el triunfo les trae además una gran responsabilidad al frente de la Federación pero cuentan con el apoyo de una vieja militante de la histórica FAEP.  Uno la ve y parece revivir sus  días de militancia universitaria en La Plata. Está feliz y les agradece esta oportunidad de compartir este triunfo. Y el lugar está asociado para siempre con la historia del peronismo.  Cristina recuerda la proclamación en el 72 de la formula Cámpora Solano Lima en ese mismo palco y el acto en el que Néstor demoró 10 minutos parado en el atril antes de empezar porque quería escuchar los cantos de la gente para luego dar un discurso memorable que todos los que estuvimos ahi no olvidaremos jamás.

Pero no todo es memoria y recuerdo de otros encuentros. La palabra más nombrada fue futuro, encarnada en esta nueva generación que toma las banderas de siempre. Un acto fundamentalmente joven que celebra y reivindica la diversidad en la construcción política, que le da el marco a las palabras de una Cristina renovada que pide que esa diversidad sea el eje de una nueva construcción de mayorías.

Hacia allá vamos.








martes, 23 de agosto de 2016

Hot el post lo hace Teodoro Boot: Acción mutante



Acción mutante

Teodoro Boot



De acuerdo a lo ocurrido durante estos últimos días se puede asegurar que el macrismo es una asociación bendecida por la buena fortuna y a la vez que su ya demostrada compulsión a reiterar errores lo llevará a las puertas de una debacle prematura. Hasta el momento, los diferentes amparos judiciales, la Cámara Federal de La Plata y la Corte Suprema le han dado un período de sobrevida al intento de suicidio en el que, de todos modos, insiste.


Una devaluación y volvemos

Se dirá que hay una lógica detrás de la o las simultáneas y contradictoras políticas económicas de Cambiemos, pero también la hay en cualquier intento suicida.

La primera de las medidas, forzada por su propio accionar durante la transición, fue la devaluación, maquillada como “eliminación del cepo”.

Supuestamente, la devaluación ponía las cosas en su sitio, devolviendo rentabilidad al sector exportador argentino: con un dólar bastante planchado y una inflación que orillaba el 20 % anual, los precios de la producción argentina perdían competitividad a nivel internacional.

Dicho así, suena muy bien, a no ser que tomemos en cuenta que sigue existiendo una prolongada crisis económica internacional gracias a la cual cae la capacidad y posibilidades adquisitivas de los países afectados, a la vez que aumentan sus stocks exportables. Focalizada en el mercado interno, la producción argentina conseguía sobrellevar sin graves consecuencias los efectos de esa crisis y su “falta de competitividad” se veía compensada con una política de subsidios directos e indirectos destinados a reducir los costos de producción y a aumentar la demanda. A la vez, los distintos y para muchos “desleales” mecanismos ideados para desalentar las importaciones resguardaban a nuestra industria de la competencia con productos introducidos a igualmente desleales precios de dumping.

En este marco, la devaluación, en sí misma, no podía suponer ninguna ventaja para la mayor parte de la producción industrial: la pretendida reducción del precio en dólares de los productos locales no garantizaba, de por sí, un incremento en las ventas. Es de cajón: ¿cómo mediante la simple reducción de precios pueden aumentarse las ventas en un mercado internacional deprimido y a la vez saturado de productos subsidiados? Y aun de registrarse un incremento en las ventas, este sería demasiado leve como para compensar el aumento (vía devaluación) de los costos de insumos y bienes de capital.

En suma, la devaluación favoreció a una parte del sector primario de la economía y, ya más relativamente, a un pequeño grupo de industrias ligadas al comercio internacional.

Y cuando decimos a una parte del sector primario nos referimos a la producción de cereales y oleaginosas, que cuentan con un mercado globalizado y, por ahora, de altos precios. Pero no es esa la situación de la mayor parte de la producción agropecuaria: el “campo” no son sólo los Etchevehere, los Buryailes ni los De Angelis, sino los productores de frutas y verduras de Río Negro, los tamberos, los citricultores, los quinteros, los criadores de aves y cerdos y, en cualquier momento, en la misma situación, lo estarán también los ganaderos. Ninguno de esos sectores fue beneficiado con la devaluación, en gran parte por el modo en que fue llevada a cabo.

Si dejamos de lado al sector financiero y a los grupos especulativos, agraciados con la libre disponibilidad de divisas, que son quienes se han hecho con el poder en diciembre último, los únicos beneficiados fueron los grandes a productores de cereales y oleaginosas y, más que ningún otro, las trasnacionales exportadoras.



De primero inferior

No es ninguna novedad que nuestro país más exporta aquello que más consume y que, tratándose de alimentos, resulta de primera necesidad. De ahí que sea indispensable separar los precios internos de los internacionales, a no ser que se pretenda equilibrar los salarios de los trabajadores argentinos con los de sus colegas franceses y alemanes, lo que, al parecer, estaría algo alejado de las teorías económicas en boga.

Ese, el separar precios internos de precios internacionales, es el principal propósito de las retenciones, medida extrañamente olvidada por Remes Lenicov al momento de la salida de la convertibilidad, “error” enmendado por Roberto Lavagna, todavía en tiempos del gobierno de Eduardo Duhalde.

El segundo propósito sería recaudatorio y, según se implemente, redistributivo. Mediante las retenciones a las exportaciones agropecuarias, el Estado se apropiaría de parte de la renta diferencial que obtiene la región pampeana –que en general suele ser incrementada mediante políticas cambiarias y de subsidios–, con el fin de destinarla al desarrollo de una industria que, debido al escaso tamaño del mercado interno y, más que nada, al subdesarrollo tecnológico, necesita auxilio y protección para crecer.

La necesidad estatal de utilizar las retenciones para recuperar parte de la renta diferencial se debe, básicamente, en la privatización y extranjerización tanto del comercio exterior, como del manejo de los puertos, transportes y compañías de seguro. Hoy por hoy el Estado (y por su intermedio, el conjunto de la sociedad) carece de otros modos de recibir esa porción de los beneficios extraordinarios obtenidos por el sector, debidos a las bondades de la naturaleza pero también a sacrificios realizados por el conjunto social.

A la vez, con la expansión de la “frontera agropecuaria”, son productoras de granos y oleaginosas (en numerosas ocasiones, a expensas de otras producciones o cargándose el bosque natural) áreas que carecen de la renta extraordinaria de la región pampeana, por lo que resulta absurdo y contraproducente que reciban el mismo tratamiento. Por otra parte, el mercado mundial de granos no suele ser muy estable y está sujeto a vaivenes sobre los que el productor, aun el más grande de ellos, no puede incidir de ninguna manera, por lo que también debe estar protegido (lo que igualmente significa regulado) por el Estado. Así, tras el crack mundial de 1929, por intermedio de Federico Pinedo el gobierno conservador de Agustín P. Justo ideó las “juntas reguladoras” (de carnes, de granos, del algodón, del vino, etc) que buscaban sostener el precio de esos productos y abrir mercados externos. Una década después, por intermedio de Miguel Miranda, el gobierno de Edelmiro J. Farell y Juan D. Perón, perfeccionó la medida al crear el IAPI (Instituto Argentino de Promoción e Intercambio) que, si en sus primeros cuatro años de vida se apropió de parte de las ganancias agrícolas, en los restantes sostuvo al sector, jaqueado por la sequía, la caída de los precios internacionales y el boicot explícito de Estados Unidos.

El proceso de destrucción de la estructura estatal iniciado en noviembre de 1955 que culminó durante los 90, privó a la sociedad de numerosos instrumentos recaudatorios, regulatorios y redistributivos que, en el caso puntual que nos ocupa, obligó a la imposición de retenciones. Pero como a la vez el sector agrícola requiere de incentivos y, más que nada, de precios sostén, un medio, aunque bastante deficiente, para ello sería el de dar a esas retenciones un carácter móvil.

Vale aclarar que no fue esa la intención de la resolución 125 que, no obstante las modificaciones y mejoras introducidas por la Cámara de Diputados, no hacía más que incrementar el poder de los exportadores por sobre los beneficios de los productores. A la vez, el voto “no positivo” no supuso ventaja alguna para nadie –excepto los exportadores, claro–, pero cabe presumir que libró al gobierno de CFK de las previsibles consecuencias de una de las tres grandes campañas suicidas a las que se abocó con fruición.

Si se permite la digresión, cuando se llega a ciertos límites en la utilización para fines populares de las instituciones y los instrumentos creados para garantizar la perpetuación de los intereses de las elites, lo primero es no obcecarse en intentar forzarlos; lo segundo, entender que ha llegado el momento de cambiarlos por otras, más adecuados al propósito que supuestamente nos anima.

Hecho este largo aparte, vayamos a la consecuencia de la eliminación de retenciones que, vale aclararlo, nadie le había exigido al gobierno.



Tomala vos, dámela a mí

Aun con retenciones, la devaluación supuso el inmediato incremento de los precios de los alimentos exportables o derivados de productos de exportación, en proporción directa al nivel de devaluación que fue, aunque al ministro Prat Gay le cueste creerlo, del 50%. Tal como no tardó en demostrarse, no era de ninguna manera cierto que los precios tuvieran como referencia el valor del dólar blue.

El resultado fue un primer deterioro del salario que perjudicó principalmente a las personas de menores recursos, habida cuenta que gastan en alimentos una proporción mayor de sus ingresos que quienes tienen más poder adquisitivo. No conforme con eso, trascartón el gobierno redujo las retenciones a la exportación de soja y eliminó las de los demás productos, lo que supone una merma en la recaudación de entre 60 y 75 mil millones de pesos para el año 2016.

“El conflicto terminó”, aseguraron los dirigentes ruralistas, sin advertir que al mismo tiempo se iniciaban otros conflictos. El primero y más evidente para cualquiera, excepto, por lo que puede apreciarse, para un dirigente ruralista tipo, es el que indefectiblemente habría de afectar a varios sectores de la producción agrupecuaria: el automático aumento del 25% del precio del maíz incrementa los costos de producción de los criadores de aves y cerdos, así como los de los feed lots, reduciendo la dudosa ganancia del 17% al parecer obtenida por la eliminación de las retenciones a la exportación de carne vacuna. Es preciso recordar –y sería saludable que lo recordaran los dirigentes ruralistas– que las carnes argentinas no son automáticamente colocadas en el mercado internacional, como suelen serlo el trigo, maíz, girasol o soja, de manera que mediante la exportación el productor no recuperará la porción del mercado interno perdida por el aumento de precio de ese y otros alimentos.

Porque este es el otro detalle: al 50 % de incremento del precio de los alimentos primarios debido a la devaluación, debe sumarse un aumento, promedio, del 15% originado en la eliminación de las retenciones.

Al ser acompañadas estas medidas por la apertura de los mercados, maravillosa panacea que viene destruyendo la producción nacional durante los últimos 200 años, las carnes y alimentos argentinos se ven obligados a competir con sus equivalentes extranjeros, beneficiados en sus países de origen por subsidios e incentivos, sobreacumulados por la retracción del consumo en sus países de origen, e introducidos en nuestro país a precio de dumping.

En los últimos años, el incremento del precio de la carne vacuna hizo retroceder su consumo a expensas del pollo y el cerdo nacionales, que a su vez ahora retroceden a expensas del pollo brasilero y del cerdo europeo.

De no tener el cerebro estragado por su ilimitada ambición y las malas compañías, el ex dirigente de la Federación Agraria y actual senador Alfredo De Ángelis conseguiría recordar el colapso de la industria aviar de Entre Ríos durante la década del 90 originado en los altos costos internos y la introducción de pollos brasileros. Ante esto, si es que se le ocurre algo y no está durmiendo la siesta, se sumará a quienes piden una nueva devaluación… que no hará que reproducir los resultados de la primera.



Una de cal… y otra de cal

Todo lo ocurrido podría haber sido calculado por el almacenero de la esquina si éste siguiera siendo gallego y no chino, pero sus resultados parecieron sorprender al menos a algunos de los funcionarios de la cartera económica, quienes creyeron, o fingieron creer, que el ominoso acuerdo con los fondos buitre traería una tempestad de inversiones, tanto como la devaluación y eliminación de retenciones llevaría a que los exportadores de granos liquidaran los stocks y las divisas acumuladas.

Y en este punto, uno no sabe si son o se hacen.

¿Qué demente invierte en un mercado que se achica y en un país en el que, como es previsible, aumentará la conflictividad social? (Es posible desplumar una gallina sin que chille si se le saca una plumita cada diez minutos, pero no si se le pretende arrancar todo el plumaje de un saque. Otro tanto ocurre con los trabajadores, en especial cuando surgen dirigentes gremiales que, no estando domesticados, no son, precisamente, aves de corral) ¿Y por qué los exportadores van a liquidar todo el stock al ritmo que pretende el gobierno, siendo que aspiran a una nueva devaluación?

Todo lo que ha conseguido Cambiemos fue contraer deuda externa por 30 mil millones de dólares y provocar una, para los funcionarios, “sorprendente" inflación que acabará siendo del 50% anual.

El aumento de los precios, que al parecer pretendería ser demencialmente corregido mediante la libre importación de alimentos y productos industriales, ha hecho desaparecer las ventajas relativas que la devaluación supuso para los exportadores, pero a la vez agudizó los perjuicios que esa devaluación ocasionó al conjunto de la sociedad, mayormente a los trabajadores, comerciantes y pequeños industriales.

Es razonable que los exportadores, los criadores afectados por la libre importación y productores agropecuarios en general, así como los industriales, reclamen una nueva devaluación que les devuelva a los primeros la rentabilidad que creen merecer y a los demás alguna posibilidad de supervivencia, ya que en pocos meses la conducción económica ha conseguido el milagro de dejar a nuestro país en peores condiciones que durante la convertibilidad: al tiempo que se deteriora la capacidad adquisitiva de los salarios, los precios en Argentina vuelven a igualar a los más caros del planeta.

No es difícil predecir qué surgirá de esta combinación.

Por lo pronto, puede decirse que lejos de beneficiar, la política de Cambiemos terminó por aniquilar las posibilidades de mejoría de las economías regionales, excepto en el rubro contrabando o, para decirlo con elegancia, comercio exterior hormiga.

El inconveniente aquí es que, contrariamente a los exportadores, las empresas trasnacionales, los bancos y los especuladores requieren, para seguir haciendo sus negocios tal como lo estableció el señor Martínez de Hoz y lo perfeccionó Domingo Cavallo, de un dólar a valor estable o al menos previsible.

Y el más serio inconveniente es que precisamente es ese sector el que ha tomado el gobierno, de lo que los productores agropecuarios demorarán en comprender el mismo tiempo que demande la recuperación de las neuronas exterminadas por la prédica cotidiana de gurúes económicos y medios de comunicación.

Este conflicto es una bomba de tiempo que habrá de estallar, tarde o temprano, al interior de la alianza gobernante. Y resta ver si uno de los sectores adquiere el suficiente poder como para disciplinar al otro, o si encuentra el modo de hacerlo coparticipar de sus negocios.



Sobre llovido, mojado

En este ya de por sí difícil panorama que el propio gobierno se provocó a sí mismo, el ministerio de Energía, con el explícito aval presidencial, incrementó el precio del gas en boca de pozo --sin que nadie tuviera una idea precisa del costo de producción del fluido--, llevándolo de 2 a 5 dólares el millón de BTU, medida que combinó con la compra a Chile del gas proporcionado por la trasnacional Shell a 6,90 U$S el millón de BTU. Un 53% más caro que los 4,50 que cuesta el gas licuado transportado en barco y a mucho más del doble de los 3 U$S a que lo suministraba Bolivia, cuyas autoridades desmintieron tajantemente los argumentos dados por el ministro para justificar este dislate.

A todo esto, la prestigiosa Fundación Bariloche estimó el costo del millón de BTU en boca de pozo en 1,90 dólares.

La consecuencia práctica de la medida consistió en un tan descomunal como impreciso incremento de las tarifas de gas y luz, habida cuenta que parte de su generación es gasífera. Y como para no quedar fuera de tono, se más que duplicó el costo del servicio de agua corriente, mucho más impreciso y errático si cabe, toda vez que no se tarifa de acuerdo al consumo sino a los metros cuadrados de superficie del bien “consumidor”, que puede tanto usar millones de litros como ninguno.

Según la ilustrativa nota publicada por Claudio Scaletta en el diario Página 12 (http://www.pagina12.com.ar/diario/ultimas/20-307101-2016-08-17.html) el aumento del precio del gas en boca de pozo supuso una transferencia anual de recursos a las empresas de unos 45.000 millones de pesos, en lo que tanto podría verse un rasgo de torpeza como las huellas de un negociado.

Para Scaletta, se trataría de ambas cosas. En sus palabras: “El gobierno es torpe y existen a su interior grupos que hacen negocios, pero la clave no está en estos dos puntos” sino en que se trata “junto con la devaluación y la quita de retenciones, del núcleo duro del proyecto económico de Cambiemos” en “la creencia en que las súper ganancias son buenas para las empresas y el desprecio por los efectos sociales del tarifazo”.

La necedad presidencial, que insiste con defender la injustificable y hasta ahora injustificada medida, trata de ser atemperada por sus asesores de imagen, de ahí que Cambiemos haya elaborado una estrategia comunicacional que, combinando campaña publicitaria con operaciones de prensa, trata de convencer a la sociedad de que el aumento de las tarifas resulta inevitable.

La campaña va desde el meneo de advertencias apocalípticas sin fundamento a explicaciones “técnicas” y comparaciones que podrían resultar contraproducentes, toda vez que la población podría tomar consciencia –¡por fin!– de que las tarifas en Argentina de TV por cable, de conexión a Internet y de telefonía celular revistan entre las más elevadas y abusivas del mundo.

Por otra parte, los conceptos de “caro” o “barato” son siempre relativos y deben ser considerados respecto a qué se los compara.

Por su parte, el discurso apocalíptico, el argumento de que sin aumento de tarifas las empresas concesionarias no llevarían a cabo tampoco ahora las inversiones y mejoras que nunca hicieron, resulta sumamente oportuno para enmendar uno de los mayores desastres provocados por el menemismo y al que los gobiernos que lo sucedieron jamás atinaron a encontrarle remedio: la privatización de los servicios públicos, responsabilidad que el Estado jamás debió haber abandonado.

Más allá de los posibles resultados inmediatos, la necesaria discusión acerca de la pertinencia de una modificación tarifaria, es sumamente oportuna toda vez que, de acuerdo a la experiencia, la sociedad se encuentra en condiciones de evaluar las consecuencias del retiro del Estado de aquellas áreas que por su importancia estratégica, económica y social, no pueden ser dejadas en manos de particulares. Como resulta lógico y comprensible, el interés de un particular se centra en el beneficio que pueda obtener de su esfuerzo y su inversión, y carece de la menor relación con los intereses estratégicos del país y con las necesidades de la sociedad.


El suicidio anunciado

Habiéndose introducido en tan peligrosos barriales, el gobierno insiste en seguir chapoteando y confía en los resultados de la manipulación mediática, olvidando que si en ocasiones pueden serle a favorables en materia de opinión, no lo serán en la experiencia práctica, que viene a ser un aspecto algo descuidado de eso que se llama “realidad”. Más allá de la opinión o la ideología impuesta a martillazos mediáticos, el sueldo alcanza o, en su defecto, resulta insuficiente para lo que cada uno cree merecer. Que, por otra parte y por más empeño que pongan los creativos periodistas del grupo Clarín, jamás podrán convencer de resignarse a la austeridad a una sociedad habituada –a través de esos mismos medios– a presenciar, admirar y emular el nivel de consumo de los más pudientes y renombrados.

De igual manera, mediante la reiteración de eslóganes publicitarios, se podrá seguir destruyendo la capacidad de razonamiento de empresarios y comerciantes, pero cuando el alza de los precios reduce las ventas y el incremento de insumos y tarifas vuelve ilusoria la ganancia o, como ya se prevé, provoca pérdidas y descapitalización, hasta el más lobotomizado comprende que lo más conveniente será cerrar el comercio o vaciar la empresa, invirtiendo lo que ha podido salvar en la importación o acaso la timba financiera.

Este es un camino previsible y nadie podrá culpar a un industrial de vaciar su industria, pero el resultado será un aumento del desempleo, una mayor pérdida del poder adquisitivo de los salarios, una más pronunciada reducción del mercado interno y un simultáneo incremento, en el mejor de los casos, de la conflictividad social y, en el peor, del delito, que viene a ser el modo anárquico, individual y desesperado en que se expresa el conflicto social.

Hacia ahí insiste en dirigirse el gobierno, y muy especialmente el presidente, en parte en beneficio de algunos intereses, pero mucho nos tememos que mayormente debido a la intoxicación que provocan las campañas publicitarias destinadas a modelar la opinión de los idiotas. Lo curioso del caso es que vienen a ser esos mismos idiotas quienes promueves tales campañas que acaban intoxicándolos.

El poder judicial lo advirtió a tiempo y tiró al gobierno un salvavidas, que el propio gobierno se empeña en desinflar.Fue así más que grosera la presión sobre la Suprema Corte para que se pronunciara favorablemente a un tarifazo que muy pocos podrán pagar, que producirá el cierre de industrias, el despido de mayor número de trabajadores, un mayor quebranto del comercio, un incremento todavía mayor de la inflación y, consiguientemente, un aumento de las presiones devaluatorias, que de tener éxito, a su vez reproducirían, aumentado, los mismos efectos de estos primeros meses del año.

La Corte no ha cedido del todo las presiones y, en un nuevo intento de salvar al gobierno de sí mismo, postergó la resolución del tema hasta la realización de las audiencias públicas que establece la ley.

El gobierno tendría, así, una nueva oportunidad de corregir su política, lo que, según parece, lamentablemente no hará.

De ahí en más, podrá empezar la cuenta regresiva para un proceso de restauración oligárquica que jamás debió haber comenzado. Pero nada será amable, por así decirlo, y resultará arduo reparar y sobreponerse al daño que estos meses han producido en la estructura social y productiva del país.

Sin ánimo de ser agorero, quien escribe sospecha que el único modo posible de salir del berenjenal en el que Cambiemos se ha y nos ha metido con la eliminación de las retenciones y su insistencia en el error, sea a las trompadas.


sábado, 13 de agosto de 2016

Hoy el post lo hace Teodoro Boot: Las desapariciones del Señor Presidente



Las desapariciones del Señor Presidente

Teodoro Boot

Con demasiada frecuencia el presidente Mauricio Macri y varios de sus colaboradores tienen
desmentir a Natalio Botana, para quien toda persona era respetable a pesar de su investidura. Sin embargo, y contrariamente a lo que piensan los organismos de defensa de los derechos humanos y la mayoría de las organizaciones políticas y sociales, no parece haber sido la entrevista que le concedió a Karla Zabludovsky, corresponsal del sitio BuzzFeed, una de esas ocasiones.

Es verdad que en relación a los desaparecidos por la dictadura el señor presidente usó términos e hizo afirmaciones que con justicia pueden ser consideradas por lo menos desafortunadas, cuando no perversas o aberrantes, pero si se sigue atentamente la entrevista se verá que no fue esa su intención. O, para decirlo con mayor exactitud, la intención de sus asesores.

Ninguno de nosotros quisiera estar en el lugar de esa gente, abocada a un trabajo más insalubre que cavar en las profundidades de un socavón. Créase o no, hay tinieblas peores.

Pero vayamos a la entrevista y su contexto.



En primer lugar, deben observarse los ojos del señor presidente: o bien padece una afección oftalmológica, o no tuvo tiempo de limpiarse las lagañas o se olvidó del Max Factor. Como sea, resulta obvio que fue sorprendido por la periodista al salir de la cama o aun antes. Y si no antes de salir de la cama, seguro que antes de lavarse la cara, más dormido que despierto tal vez debido a los efectos de algún ansiolítico.

El cargo tiene esas exigencias y el cuerpo a veces requiere de mayores periodos de descanso que los que se le conceden a los ciudadanos normales, por decirlo de alguna manera y sin faltar.

El hecho concreto: el presidente estaba con las defensas adormecidas, los reflejos aletargados y las neuronas en off. Pero se ve que trató de despertarse.

Fíjense que arrancó bien: ¿qué importancia tiene discutir acerca del número de desaparecidos? Obviamente, es una cuestión de calidad, no de cantidad, como si se discutiera acerca del número exacto de judíos muertos por los nazis, o de gitanos, o de católicos o si el número de comunistas asesinados en los campos de concentración de Polonia y Alemania Oriental fue superior o inferior al de los asesinados en Siberia. Sería tan absurdo como sostener que los armenios muertos a manos de los turcos no fueron un millón sino 7.954 o si la mayoría falleció violentamente o por hambre. ¿A quién en su sano juicio puede ocurrírsele entrar en tales disquisiciones?

Eso más o menos debe haber explicado el Brain Storm permanente montado por Jaime Durán Barba quien, huelga decirlo, ha prohibido el uso del término disquisiciones, que podría llevar, ahora sí, a disquisiciones sin pie ni cabeza.



Atento al escandalete provocado por un snob iletrado que se las pilla de intelectual y promotor cultural, a quien, a falta de cosa útil para hacer, se le dio por especular acerca de la cantidad de personas desaparecidas aventurando una cifra como quien arroja un dado, el Brain Storm habrá alertado al presidente sobre la inconveniencia de entrar en tan estériles especulaciones, más propias de una peluquera de barrio que de un funcionario gubernamental. Y ¡ni qué hablar!, de un Presidente de la Nación.

Le deben haber dicho algo más, porque para eso son un Brain Storm, pero su excelencia se olvidó. Sus ocupaciones son demasiadas, lo sacaron de la cama, lo vistieron de apuro y, al fin de cuentas, su tarea no es hacer micromanagement, de manera que es comprensible que se olvide de muchas de las recomendaciones del equipo de Durán Barba.

Luego de haber alucinado encontrarse ante una comisión investigadora de sus declaraciones juradas, el presidente contestó lo que, de puro hábito, tiene en la punta de la lengua cuando se le pregunta por números: “No tengo idea, si 30 mil o 9 mil”. No agregó “Pregúntele a mi contador”, porque ahí se acordó y repitió lo que le habían dicho que dijera: “Es una discusión que no tiene sentido”.

Ya volviendo a naufragar en la laguna, recordó que en una de las recorridas a las que lo llevan por esa extraña ciudad que jugó a gobernar unos cuantos meses de los últimos ocho años, había visto una pared con un montón de letritas grabadas. Y en tren de dar mayor énfasis a sus palabras, creyó precisar: “Si son los que están anotados en un muro o si son más”.

Aunque la señorita Zabludovsky tuvo la cortesía de no preguntar “¿Más que qué?, el sistema de pensamiento presidencial había entrado en corto y en su cerebro se formó una burbuja azul que iba virando hacia el violeta cuando explotó.

Tras el “Plop”, el presidente comprendió qué había olvidado las demás recomendaciones del Brain Storm. Y ante los olvidos en el transcurso de un discurso, una entrevista o una mesa examinadora ¿a qué recurre uno? A lo que tiene adentro, al lugar común.

De ahí en más, el presidente ya no fue el presidente sino el vocero del grupo de ex alumnos del Cardinal Newman, de los vecinos del country club, de los socios del Jockey Club, de la directiva de la Sociedad Rural, de las señoras que en ese momento andaban de shopping, de los ejecutivos que hacían after office, de los estudiantes de la UADE, de los forwards del CASI, de los que viven esperando el momento de volver a Miami, de los que sueñan con almorzar con Mirtha Legrand, de los lectores de Clarín y Nación, de los fans de Lanata, Majul y Morales Solá, en fin, de ese viscoso magma que como la baba de los Cazafantasmas habita los subsuelos y entresijos de la sociedad .

En ese mágico momento, las neuronas presidenciales se disolvieron en las de una clase que sigue teniendo el poder económico, comunicacional y cultural del país y que impone su sentido común a un vasto sector social.

Debe comprenderse, la señora Estela de Carlotto, la señora Hebe de Bonafini, la señora Nora Cortiñas, las señoras madres y abuelas, los señores y señoras nietos y nietas, la señora Cristina Fernández de Kirchner, el señor Héctor Recalde, la señora Miriam Bregman, el Centro de Estudios Legales y Sociales, el Partido Obrero, el Frente de Izquierda, la Corriente Sindical Federal, en fin, todos los que se sintieron agraviados por las declaraciones del presidente y lo toman por perverso, negacionista, degenerado, cómplice de la dictadura y etcétera etcétera, deben comprenderlo y compadecerlo, deben comprender que el señor presidente no habló por sí mismo sino que por su boca lo hizo esa clase social, que es sobre la que debería ponerse el foco.

Una clase, un sector social, es algo mucho más serio e importante que un presidente. He ahí la gravedad del hecho. No en un desliz, en un fallo de la memoria, una disolución neuronal (pasajera, claro) del señor presidente.

“Cuando el presidente dijo guerra sucia quiso referirse al terrorismo de Estado", explicó un anónimo integrante del Brain Storm, que agregó: "Dijo lo que dice siempre sobre este tema. Que el que cometió crímenes que los pague. Y nada más".

Cuando el presidente leyó las declaraciones de su asesor, quedó muy desconcertado, tratando de recordar cuándo diablos habrá dicho eso que dice siempre.

La memoria suele jugarnos malas pasadas. Ese es el contexto, esa es la verdad de la milanesa. Y por eso debe disculparse al señor presidente, que al fin de cuentas no hizo otra cosa que hablar por boca de ganso.



sábado, 16 de julio de 2016

Los números de Ricardo



Recién vemos que en Twitter la consultora Ricardo Rouvier y Asociados publica su última encuesta en Twitter acerca de la intención de voto a senador por la PBA, una elección cuya fecha se encuentra aun muy muy lejos pero nos sirve para comentar los resultados de la consulta.


De la ficha técnica solo tenemos que son 800 casos telefónicos y fue realizada entre el 4 y el 8 de julio.

El comentario de la consultora en el tweet que incluye la imagen es: "En la Prov. de Bs As, el voto panperonista se fragmenta ante un escenario de amplia oferta electoral para Senador", un voto que si la aritmética fuera válida y si en ese voto se incluyera el caudal de Sergio Massa, daría una cifra electoral arrolladora y que es uno de los argumentos, o el principal argumento, de quienes quieren sellar la unidad con la fuerza del tigrense, algo que por ahora se encuentra muy lejos de concretarse.

Llama la atención la falta de referentes PRO en la grilla de candidatos expectantes. De Cambiemos solo aparece Elisa Carrió bastante lejos de ser carta de triunfo y habiendo comenzando su campaña por la candidatura como ella sabe hacerlo: denunciando al gobierno de Vidal en el area de seguridad y amenazando con prender el ventilador y llevarse puesto medio gabinete provincial si desde el PRO le bochan su candidatura.

Entre los posibles candidatos que la encuesta menciona se encuentran dos que su eventual meta no sería una banca en el Senado sino encabezar la boleta de candidatos a diputados: Julián Dominguez quien se encuentra caminando junto a Florencio Randazzo y Margarita Stolbizer que viene consolidando su acuerdo con Sergio Massa y renovaría su banca junto con el FR.


Números para empezar a orejear las próximas elecciones.




sábado, 25 de junio de 2016

Hoy el post lo hace Eva Cabrera: Parque Saavedra. Esta tarde.


La querida compañera Eva Cabrera, captó estas imágenes hoy en Parque Saavedra de La Plata cuando  Martín Sabbatella vino a hablar en una de las Plazas del Pueblo.







Para no hacer de mi ícono pedazos,
Para salvarme entre únicos e impares,
Para cederme un lugar en su parnaso,
Para darme un rinconcito en sus altares.
Me vienen a convidar a arrepentirme,
Me vienen a convidar a que no pierda,
Mi vienen a convidar a indefinirme,
Me vienen a convidar a tanta mierda.
Yo no sé lo que es el destino,
Caminando fui lo que fui.
Allá dios, que será divino.
Yo me muero como viví.
(...)
Dirán que pasó de moda la locura,
Dirán que la gente es mala y no merece,
Más yo seguiré soñando travesuras
(Acaso multiplicar panes y peces).



jueves, 23 de junio de 2016

Hoy el post lo hace Teodoro Boot: Mensaje en una botella





Mensaje en una botella




Teodoro Boot



A manera de inútil prefacio o pedido de disculpas, el autor, que se educó en la lectura de ensayos, no tiene más que añorar esas casi lejanas épocas en que se tenía tiempo disponible como para leer más de cuatro mil caracteres.

Pues bien, satisfacer esa exigencia es, para mí, hoy imposible.

Hecha esta aclaración inicial, creo recordar que alguna vez Luis Salinas escribió una nota –larga y asombrosa como todas las suyas– que llevaba el título de este artículo o ensayo. No recuerdo de qué trataba, pero la sospecho de alguna manera relacionada –como tal vez pretenda estar esta– con la sentencia de Leopoldo Marechal: “El pueblo siempre recoge las botellas que se tiran al mar con mensajes de naufragio”.


Lo que mata es la ansiedad

Los cambios en los hábitos de lectura, debidos a los “apuros de la vida moderna”, la ansiedad que crean los monitores de las computadoras y –¡válgame Dios!– las pantallitas de los celulares, o acaso la pereza adquirida y cultivada, aconsejan escribir cortito y al pie, preferentemente con algún toque de escándalo, humor o sorpresa, cosa de sacudir un poco la modorra ajena.

No tengo gran dificultad para escribir corto y, a veces, hasta en forma entretenida, pero hay ocasiones, o temas, en que hasta tan modesta hazaña se vuelve demasiado ardua.

No faltará quien crea, dicho sea de paso, que uno escribe como quien defeca: una sentada, un cachito de fuerza y ya está. No es así, de ahí que el lector debería valorar los esfuerzos de tantos escritores y periodistas por acomodar un relato o media idea en espacios limitados, cuya extensión ha sido preestablecida.

Pero más allá de que –como se intentará mostrar– uno no es más que lo que hace, quien suscribe no es periodista, o no lo es al momento de escribir esto. Tampoco pretende ser un observador imparcial, ni un filósofo ni, mucho menos, un panelista televisivo. Quien firma estas líneas las escribe desde su adhesión político-cultural básica: el nacionalismo popular. Y según su modesta experiencia política y humana le indica, el único análisis que tiene alguna utilidad es el que nos permite comprender la razón de nuestros errores y corregir nuestras conductas, aunque no para ser más “buenos”, sino para tener éxito en nuestros propósitos.

Hechas estas aclaraciones y planteados de antemano los límites y alcances de lo que aquí se diga y se piense, el tema será –¡cómo no!– José López.

Ya van muchos años desde que uno se creía a salvo de un José López, pero parece que la felicidad nunca es ni completa ni definitiva.

Como sea, y no por ansias de originalidad sino de utilidad, vamos a pretender conservarnos fuera de las tentaciones a la justificación o, en su defecto, a la lamentación con que tanto nos abrumaron en los últimos días. Y capaz que hasta lo consigamos, si el lector tiene la suficiente paciencia –y culo de fierro– como para leer lo que sigue.


Corrupción divino tesoro

Puede decirse que, por lo menos desde los tiempos en que gobernaba Yrigoyen, la corrupción de los funcionarios públicos fue el principal argumento usado para desprestigiar a los procesos nacionales, desplazando el ángulo de mira de lo principal a lo secundario. En estos casos, lo principal es el sentido de las políticas, la dirección que se les imprima y a quiénes beneficien o perjudiquen, porque ya se sabe: más allá de los eslóganes publicitarios, distribuir es siempre sacarle a unos para darle a otros, y la pobreza cero sólo es posible en tanto también lo sea la riqueza cero. Cualquiera que sostenga otra cosa, miente descaradamente o se encuentra en avanzado estado de ebriedad.

Pero ¿por qué el discurso de la corrupción tiene como objetivos predilectos a los movimientos populares?

La primera razón es que, por definición, los movimientos populares, además de tener ambiciones justicieras, son, en líneas generales, protagonizados por individuos y grupos ajenos a las oligarquías. En una palabra, por pelagatos a los que, en cuanto echan buena, se les nota demasiado, razón por la que se los suele acusar, muchas veces con justicia, de enriquecimiento ilícito. Para la percepción general, el vecino de la vuelta no tiene derecho a pelechar, y si lo hace, fija que fue por robar. Pero para esa misma percepción los oligarcas, los ricos, los millonarios, tienen todo el derecho a seguir enriqueciéndose, del modo que sea, porque para eso son ricos.

Hay aquí un asunto de percepción, de mirada y de prejuicios –la base de lo que comúnmente se llama “cultura”–, contra la que los argumentos y explicaciones lógicas valen muy poco. Cuando un rico aumenta su fortuna, hizo las cosas bien y tuvo suerte. Cuando un pobre se hace rico, robó o es corrupto. Y no hay más nada que discutir.


Los perros de Lanata

La segunda razón por la que los movimientos nacionales y populares son tan frecuentemente acusados de corrupción es estratégica: a poco que cualquiera se detenga a mirar, libre de prejuicios y manipulaciones, verá que, por lo general, cuando los ricos aumentan su fortuna no lo hacen mediante el esfuerzo personal, físico si se quiere, como podrían hacerlo un camionero, un plomero o un comerciante, sino que lo consigue mediante dos métodos: el tradicional y “honesto”, la sofisticación capitalista del antiguo esclavismo que consiste en apropiarse del valor que produce el trabajo de sus empleados; y el picaresco: el robo de guante blanco, básicamente, la corrupción, de ambos lados del mostrador.

No es difícil darse cuenta de que los ricos son más corruptos y roban más que los pobres, porque pueden y saben cómo apoderarse de lo ajeno.

El maravilloso resultado de hacer siempre hincapié en la honestidad o falta de honestidad de unos y otros es que, siempre para la percepción general –lo que no es un detalle menor–, “todos los políticos son corruptos”, y todo termina siendo igual y nadie mejor, tal como reprocha el amargo y depresivo discurso del “Cambalache” de Discépolo.

Esta percepción es, justamente, lo máximo en materia cultural a que puede aspirar una oligarquía, que no necesita más que del ejercicio del poder para conservar el sistema en el que medra y hacer las cosas a su antojo. El pueblo, en cambio, necesita o bien de la violencia revolucionaria o bien de la política para hacer escuchar sus reclamos y plasmar su voluntad.

En tanto la violencia popular revolucionaria tiene que ser ejercida por aficionados contra profesionales que detentan el monopolio de ella, y la política se basa en el imperio del número, siendo los pobres mayoría el camino a elegir parece surgir con claridad.

Pero es entonces que, excluyendo las proscripciones de uso, aparecen los otros, los sutiles instrumentos de dominación, los que manipulan las mentes y la percepción, que nos llevan inevitablemente a desconfiar de todos y, en consecuencia, a descartar cualquier política justiciera por inviable, porque, finalmente, todo da igual, nadie es mejor y, ya se sabe, todos los políticos roban.

Conviene recordar el sentido y propósito de esos discursos moralistas, que arrecian cuando imperan las políticas populares o cuando se hace necesario distraer la atención. Un ejemplo: durante el menemato, mientras tenía lugar la mayor entrega del país al capitalismo financiero internacional desde los tiempos de Bernardino Rivadavia, el discurso anticorrupción del programa televisivo Día D animado por el trío Jorge Lanata- Marcelo Zlotogwiazda- Ernesto Tenembaum, se concentraba en exhibir los bienes inmuebles de los funcionarios. La pregunta, el chascarrillo de rigor estaba en boca de Lanata: “¿Tiene perro?”.

Cuando Domingo Cavallo y Carlos Melconián estatizaban –¡por segunda vez!– la deuda privada, y Cavallo y los bancos a quienes servían Federico Sturzenegger y Alfonso Prat Gay cobraban exorbitantes comisiones por el ruinoso megacanje de la deuda, Lanata insistía en preguntar si el subsecretario Mengano o el intendente Zutano tenían perro.


La anormalidad al poder

Entre los simpatizantes y activistas populares, la insistencia en la corrupción produce una reacción instintiva en los de cierta generación –rechazar de plano cualquier denuncia o revelación– y otra de sentido opuesto en los de menor edad o menor grado involucramiento: desazón y desconcierto.

Y si esto suele ser habitualmente así ante cualquier campaña mediática, adquiere otra densidad cuando esas campañas se construyen sobre una base demasiado obvia, como en el caso que en estos días –y seguramente por varias semanas– concentra y concentrará la atención mediática: los 9 millones de dólares en efectivo con que fue “sorprendido” quien fuera secretario de Obras Públicas de Néstor y Cristina Kirchner.

Que el “hallazgo” se produjera en momentos en que un oficialismo en acentuado proceso de descrédito tuviera necesidad de designar dos jueces para la Corte Suprema, aprobar las leyes de blanqueo de capitales malhabidos y de una nueva destrucción del sistema jubilatorio público, no es casualidad. Pero ¿qué importancia tiene que no sea casualidad?

¿Se tratará de una operación de inteligencia?

¿Y?

Abocarse a lamentar la perfidia del enemigo es una actividad masturbatoria –que, como suele suceder, proporciona escasa satisfacción– equivalente a quejarse de lo malvada que resulta la bruja de Hansel y Gretel.

Hasta los niños saben que para eso está la bruja: para ser mala. De otro modo ¿qué sentido tendría en la historia?


Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa

Muchos años atrás podía, con cierta lógica, sostenerse que la corrupción y los negocios eran subproductos, excrecencias de la acción política, hasta el advenimiento del gobierno de los Ceos –inaugurado, es preciso recordarlo, en el año 2007 en la ciudad de Buenos Aires–, cuando los términos se invirtieron y la política se convirtió en un subproducto, una excrescencia de la corrupción y los negocios. Hay, entre uno y otro fenómeno, una diferencia no de dimensión ni de generalidad, sino de naturaleza. Demostraciones palmarias de este cambio de naturaleza pueden encontrarse en la “política” del ministro de Energía, un accionista de la petrolera Shell que aumenta el precio de los combustibles un 30%, cuando –en sintonía con “entrar en el mundo” adoptando los precios internacionales– podría perfectamente reducirlos un 10 o un 20%, o la devaluación decidida por Mario Quintana en momentos en que tenía 11 millones de dólares invertidos en dólar a futuro. No se trata de medidas políticas o económicas gracias a las que algunos hacen negocios, sino de políticas decididas a partir de la conveniencia de los negocios, y aun en perjuicio de los intereses políticos del gobierno de que forman parte. Es que, en estos casos y para estas gentes, la política no existe: es apenas un instrumento de los negocios.

La corrupción tradicional, como daño colateral de la política, es cualitativamente distinta pero ¿no hay diferencias dentro de ella? ¿Es y ha sido siempre igual, en todos los casos y en todos los tiempos?

Estas preguntas parecerán ociosas a mucha gente, pero ocurre que no todos tenemos naturalizada la corrupción como consecuencia inevitable de la acción política. Por el contrario, siempre habrá quienes la repudien profundamente, y no por razones de moralina sino porque para una política popular resulta altamente contraindicada.

De ahí que justificarla o restarle significación provoque un efecto tan desconcertante


Un cacho de filosofía política

Si una sociedad descarta la violencia como método de resolución de los conflictos ideológicos y sociales, y no se resigna al hecho de ser gobernada por una casta militar o, en el peor de los casos, por el consejo de administración de una Sociedad Anónima, se debe entender a la acción política como un servicio público, una actividad imprescindible para el funcionamiento de la comunidad. La financiación de la actividad política se vuelve entonces un asunto de suficiente importancia como para no dejarlo librado a la buena de Dios ni al arbitrio de cualquier pelafustán. Por el contrario, debe ser regulada de modo de garantizar la mayor igualdad de oportunidades posible entre los partidos, lo que incluye, muy especialmente, la propaganda electoral.

Desde 1983 se fueron institucionalizando algunas tímidas medidas: la impresión de las boletas electorales es sufragada por el Estado; los partidos y alianzas reciben un monto en metálico por cada voto conseguido en las urnas; los fiscales son pagados con fondos públicos y todos los partidos disponen de igual espacio radiofónico y televisivo para publicitar sus propuestas electorales. Pero ni siquiera eso ha sido hecho con seriedad: en tanto no se prohíbe la publicidad partidaria por fuera de esos espacios, la proclamada igualdad en materia de difusión es apenas una quimera, cuando no un engaño.

La financiación de la actividad política sigue siendo un asunto pendiente pero, en lo que ahora nos ocupa, no garantizaría, de ningún modo la ausencia de corrupción y la desaparición de la práctica del cohecho. Haría falta, también, mayor número de controles y mucha mayor transparencia en las contrataciones públicas, exactamente lo contrario a lo que se ha venido haciendo en los últimos tiempos con el argumento de la emergencia y la ejecutividad.

¿Estaríamos así libres de cohechos y tráfico de influencias? Obviamente no. Pero tampoco el código penal impide los delitos; sólo complica su ejecución y vuelve punibles las transgresiones a la ley.


La financiación de la actividad política

Con el correr del siglo xx financiar la actividad política, en cualquiera de sus formas, fue volviéndose cada vez más dificultoso. Muy especialmente para las fuerzas populares, que sólo podían contar con los aportes individuales de sus militantes, las expropiaciones de los sectores revolucionarios en las décadas del 60 y 70 y con el de las organizaciones gremiales.

En lo que respecta al peronismo –que es lo que en estos momentos nos ocupa– para inicios de la restauración de la vida democrática, los tres modos de financiación habían entrado en crisis:

1. De por sí, la expropiación supone una acción y un método organizativo que pueden ser funcionales a una vía revolucionaria, pero resultan opuestos a los requeridos para el proselitismo y los comicios.

2. El aporte económico de los gremios provocaba una grave dependencia política, que resultó severamente condicionante en momentos en que los núcleos de la renovación empezaron a tener serias diferencias con la conducción partidaria, hegemonizada por los grandes sindicatos.

3. La importancia y significación de los aportes individuales de los militantes fue reduciéndose al mismo ritmo que durante la dictadura militar se reducía la capacidad adquisitiva del salario, hasta volverlo insignificante al momento de tener que pagar un alquiler o imprimir afiches o volantes. De hecho, sin que fueran necesarios sesudos estudios y análisis económicos, en las dificultades para pagar el alquiler de un local político y en la creciente cantidad de horas que demandaba a cada quien parar la olla, era evidente el nivel de empobrecimiento popular producido en apenas seis años por la dictadura militar.

Esta concurrencia de factores se vio agravada por la dificultad del peronismo para recurrir al aparato del Estado, en gran parte en manos de la UCR, pero un cuarto factor llegó en ayuda de las agrupaciones militantes, ya no sólo del peronismo sino también de otros partidos opositores con representación parlamentaria.

En esos primeros años post dictatoriales, los acuerdos y afinidades de los distintos partidos políticos se estrechaban toda vez que todos tenían un enemigo común, ahí nomás, al acecho: la amenaza de restauración militar. Y la cercanía dio sus frutos, entre otros, el de facilitar el funcionamiento de los diversos partidos políticos, para lo que el radicalismo puso a disposición su expertise –el know how, dicho sea para quienes se fastidian por las palabras difíciles– y el manejo de los espacios legislativos y estatales. Había nacido la era de los ñoquis.


Los malvados ñoquis

Antes de la existencia de medios de pago electrónico, los sueldos se cobraban en cheque o en efectivo, dependiendo del grado de negocios que ligaran a las autoridades de cada repartición con la trasportadora de caudales de Amadeo Juncadella. Pero ya fuera de una forma u otra, el interesado debía concurrir personalmente, en determinada fecha, al lugar de pago.

A diferencia de otras reparticiones, en las que los salarios se abonaban en el transcurso de los primeros cinco días del mes siguiente, en el caso del Concejo Deliberante porteño el día de pago se fijaba para fin del mes en curso, de ahí que en esos momentos se hicieran presentes en el señorial edificio de la calle Perú gran número de desconocidos, de personas a los que los trabajadores habituales veían ocasionalmente y sólo en esos últimos días del mes. Por analogía con la costumbre de celebrar los días 29 comiendo ñoquis, se los apodó con el nombre de la pasta.

En su origen, el ñoqui fue una suerte de modesto prestanombre que, generosamente o a cambio de un pequeño porcentaje, cobraba un salario por el que jamás había dado contraprestación alguna, y que era utilizado para afrontar parte del alquiler de un local político y dotarlo de una mínima caja de funcionamiento. En otros casos, se trataba de un militante político de tiempo completo que realizaba sus tareas en un partido, una agrupación, una organización social, un centro de estudios o un local partidario determinado.

En la ciudad de Buenos Aires y durante los primeros cuatro años en la provincia homónima, en tanto el radicalismo disponía del aparato estatal, una porción significativa de los ñoquis legislativos pertenecían al peronismo y a otros partidos de oposición, como el Intransigente, la UCD, la Democracia Cristiana o el socialismo, mientras que en los organismos estatales propiamente dichos, así como en las Universidades de Buenos Aires y La Plata, la proporción se invertía. La “convivencia democrática” permitía esta clase de acuerdos y alentaba otros, los económico-políticos, de mayor significación y por lo general de resultados mucho más nocivos.

Luego de 28 años de dictaduras militares, apenas interrumpidos en tres oportunidades por breves y difíciles interludios “democráticos”, la actividad política había deteriorado la calidad de vida y hasta las relaciones personales y familiares de los militantes de los distintos partidos populares, en general obligados a galguear, a ser despedidos de sus trabajos, a descuidar sus oficios o profesiones, a caer presos, cuando no a marchar al exilio. Era comprensible, entonces, que, en ausencia de una legislación específica, el Estado y las legislaturas fueran usados para el financiamiento de la actividad política y para ayudar a los ingresos de los militantes y activistas y, consecuentemente –y, en un principio, casi en forma imperceptible–, para el financiamiento y “reparación económica” de los propios dirigentes.

El centralismo porteño y la pobre comprensión que gran parte del periodismo tiene de la política y de historia nacionales, consagraron al Concejo Deliberante y a la existencia de ñoquis como símbolos de la corrupción, mientras, soterradamente, se estaba incubando otro monstruo que, salvo excepciones, pasó desapercibido hasta que fue tarde para matarlo.


El giro copernicano

Las palabras de Paul Bourget, quien sostenía imprescindible “vivir como se piensa, si no se acaba por pensar como se ha vivido”, no suelen ser tenidas en cuenta por nadie, en parte por omnipotencia y, mayormente, por hipocresía y comodidad, porque a veces se vuelve duro vivir como se piensa y resulta preferible que el tiempo nos haga entrar en razón. Pero ocurre que, finalmente, terminamos siendo lo que hacemos, más que lo que pensamos, queremos o hubiéramos querido ser.

Cuando la financiación ilegal de la actividad política ya había derivado en una de las vías de enriquecimiento de los dirigentes, el sistema estaba a punto de caramelo para la vuelta de tuerca que le imprimió Carlos Menem: la auténtica corrupción, un paso imprescindible hacia el actual gobierno de los CEOS, que consistió en volverse contra los principios básicos de la ideología política que se profesa.

Tal como él mismo explicó, Menem dio un giro copernicano al peronismo gracias al que este comenzó a ser y defender no algo diferente, sino exactamente lo contrario de lo que había sido y había defendido hasta el momento. Y la corrupción generalizada fue el lubricante que, además de facilitar un monumental travestismo político, permitió el empobrecimiento popular, la extranjerización de la economía y un fabuloso enriquecimiento empresario.

A partir de ese momento, perdido el sentido de la política, desaparecidos los objetivos que habían dado razón de ser al peronismo, violados sus principios más básicos, la apropiación del patrimonio público –del trabajo acumulado de generaciones de argentinos– dejó de ser un instrumento para la modesta financiación de la actividad política y –lateralmente– para el enriquecimiento de algunos dirigentes, para pasar a convertirse en el sentido último, en la razón de ser de toda acción política.

Alterados los objetivos, cambiaron los métodos y los conceptos: ya no se trató de organizar a la sociedad como condición básica de su libertad (“Sólo se tiraniza lo inorgánico”, clamaba Perón en el desierto) sino de organizar operaciones y construir aparatos, para lo que era preciso transformar a los militantes en “operadores”, a los activistas en empleados y acumular la mayor cantidad de bienes y dinero que fuera posible. ¿Por qué? Porque todo estaba en venta y sólo había que saber cómo y tener con qué comprarlo. Así, un voto en el Concejo Deliberante porteño llegó a valer 250 mil dólares, y el primer lugar en una lista de diputados marginal se cotizó en 400 mil. Ambos precios pagados gustosamente por los que recuperarían con creces la inversión apropiándose de parte del patrimonio público por medio de negocios con aquellos que están en condiciones de hacerlo: empresarios y financistas. De este modo, el peronismo en particular y el sistema político en general, originalmente concebidos como medios de defensa de los intereses populares, devinieron en dóciles instrumentos de los poderosos, de lo que el período de gobierno de Fernando De la Rúa puede ser considerado su ejemplo más patético.


Después del final

Tras el colapso final de 2001 y el fracaso del intento gradualista, y más conservador-popular que peronista, de Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner resolvió dar un nuevo “giro copernicano” al país, esta vez, en dirección opuesta a la de Menem. Y lo dio, aunque probablemente no en toda la dimensión que hubiera sido necesario.

Carece de importancia dilucidar si lo hizo por convencimiento o por necesidad (tontería que entretuvo durante bastante tiempo a unas cuantas personas) y resulta abstracto discutir si hubiera sido posible un corte más tajante con el periodo anterior que, en tanto había comenzado en septiembre de 1955, hubiera requerido tomar a la Constitución de 1949 –abrogada por decreto por los “libertadores”– como punto de partida de un proceso de reconstrucción nacional.

El punto central es que durante los doce años siguientes los objetivos declamados por las máximas autoridades nacionales fueron coincidentes con los principios primigenios del peronismo y, en forma notable, en armonía con los que animaron al amplio espectro político expresado originariamente por Raúl Alfonsín.

Así, los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner intentaron una política exterior independiente con énfasis en una alianza regional, y propiciaron el desarrollo industrial en base al mercado interno y a una mayor capacidad de consumo popular por medio de la distribución directa e indirecta del ingreso nacional. A la vez, consumando el proceso iniciado por Raúl Alfonsín, se reivindicaba la acción política como uno de los más significativos aportes de las personas al bien común y se reconciliaba a la sociedad argentina (y al peronismo, en particular, al que tanta falta le hacía) con el respeto a los derechos humanos.


Cuerpo a tierra

A raíz del lastimoso episodio que tuvo a José López como principal actor de reparto, no faltaron quienes preguntaran a los acólitos de Cristina si a partir de ese momento conseguían entender por qué habían perdido las elecciones. Se trata de una pregunta de una puerilidad asombrosa, en caso de formularse seriamente: la diferencia de votos fue tan exigua que resulta descabellado extraer del resultado cualquier clase de principio o conclusión, pero sí cabría preguntarse –cosa que tales aficionados se muestran renuentes a hacer– cómo fue que una política solidaria y popular pudo no haberse impuesto con amplitud sobre otra política, también en el plano declamativo, insolidaria e individualista... después de 12 años de “batalla cultural” y teniendo en sus manos el hipotético manejo de la estructura del Estado.

Las respuestas al paso y de ocasión pueden ser variadísimas, pero a tono con el sentido y propósito de este escrito, sería oportuno ir a un plano más profundo, que con un resto de pudor, vacilamos al momento de llamar “cultural”. Como sea, no se trató de un matiz anecdótico ni circunstancial, sino de que el cambio impulsado por Néstor y Cristina Kirchner no fue realmente un “giro copernicano” equivalente al de Carlos Menem: la base cultural sobre la que se produjeron ambos giros, se mantuvo intacta y constituyó, al fin de cuentas, la principal debilidad del nuevo periodo.

Lo que genéricamente se llama “menemismo” fue algo más que una orientación político-ideológica. Se trató de una suerte de vuelta atrás hacia los gloriosos tiempos de la oligarquía, de una forma de pensar y de actuar basada en –si se permite la paradoja– la convicción de que ya habían dejado de existir las convicciones y de que, en tanto todo consistía en distribuir espacios de poder y negocios y beneficios económicos, la política ya no era la búsqueda del bien común o la lucha por la preeminencia de una ideología, sino que se había reducido a la distribución de prebendas y beneficios, a la construcción de aparatos de poder y a la conformación de eficientes estructuras de operadores.

No obstante el giro impreso por Néstor y Cristina Kirchner al supuesto propósito final de la acción política, el sentido del poder permaneció inalterado y el método y mecanismo de la construcción política menemista siguieron intactos.

Para caer a tierra, porque alguna vez había que hacerlo, eso expresa el “caso López”, no por él en sí mismo, porque no se trata tan sólo de un acto de corrupción, ni cabe desmayarse de horror por el cohecho, las debilidades, los intereses, las mezquindades de una persona en particular, sino de preguntarse sobre su relación con un método de construcción que va más allá de la gestión gubernativa, que se extiende al modo de entender la política y su relación con la sociedad. Básicamente, de un método de acción, construcción y conducción que no comprende la íntima relación que liga a los fines con los medios.

Corresponde hacer hincapié en que cuando aquí se habla de una concepción y una metodología de conducción y construcción política, no se la cree privativa de un sector político. De ser ese el problema, no sería nada. Ocurre que se trata de una manifestación cultural de la sociedad argentina –acaso de la sociedad contemporánea, pero lo nuestro está acá–, que recorre en forma transversal a la generalidad de formaciones políticas y las organizaciones sociales, todas empecinadas en anteponer el “aparato” a la política.


Medios y fines

Los casos de corrupción son detalles circunstanciales –dolorosos, por cierto, para quienes han sacrificado sus mejores años en una lucha que por momentos parece irse por la cloaca de las canalladas–, pero finalmente secundarios, pequeños ejemplos de un problema más profundo que consiste en una concepción del mundo y del poder cuyas consecuencias se extienden más allá de José López y gentes parecidas.

La Secretaría de Obras Públicas era, al fin de cuentas, una de las tres patas en las que se asentaba una estrategia de acumulación, imprescindible, según cierta óptica, para no depender de los poderes económicos. Las otras dos patas fueron las secretarías de Transporte y de Energía, y cabe preguntarse, con toda lógica, cuántas de las dilaciones y deficiencias en esas áreas no se debieron a la preeminencia de esa concepción por sobre los objetivos nacionales y las necesidades populares. ¿A qué se debió, sino, la larga década perdida en materia de reconstrucción del sistema ferroviario? ¿Era necesario esperar diez años para comprender la importancia que la energía tiene para la soberanía nacional? Y, saliendo de esa esfera y tan sólo para dar un ejemplo que pueda resultar obvio a tantos colegas que parecen no ver la relación entre los fines y los actos, ¿cómo se explica, sino es en base a esa concepción del poder, de la conducción y de la construcción política, la estrategia comunicacional de los gobiernos kirchneristas y su lamentable –por decirlo suave y por lo bajo– política de medios? ¿Cuál era la razón cultural y conceptual que podía explicar la predilección gubernamental por conocidos crápulas empresarios por sobre los modestos medios de comunicación populares, en su gran mayoría dejados al garete, sin financiación, sin infraestructura y, tras trece años de gobierno, hasta sin licencias?

¿Es tan difícil ver la relación entre estas políticas y aquella concepción del poder de la que hablábamos? ¿O se piensa que todo no es más que casualidad? ¿Se hace necesario dar más ejemplos para mostrar lo que, muy deficientemente, se intenta aquí decir? ¿Habrá, acaso, que indagar en los métodos de construcción y elaboración política de las agrupaciones partidarias? ¿Cuál es la lógica y el sentido de una mirada que desde las cúspides del poder va hacia la base de sociedad? ¿No es acaso una política popular la que, de pie sobre la base social, interpela a quienes detentan el poder, sean quienes fueren, y no a la inversa?

Pero la pregunta en realidad debería ser ¿es posible que simpatizantes, activistas y militantes consigan empezar a pensar –o vuelvan a hacerlo– en serio? ¿O acaso se seguirá creyendo que la discusión y el análisis político consisten en emular las opiniones escandalizadas que se vierten en los talk shows televisivos de pretensiones periodísticas?

La discusión y el análisis político no consisten en quejarse de los enemigos ni en lamentarse de la incomprensión ajena, sino en observar la estrategia del enemigo y, más que nada y aunque a algunos les pese, en detenerse en los errores propios, con mesura, pero también con dureza y oportunidad, para poder corregirlos justamente cuando se está a tiempo de hacerlo.

Y en este plano, el análisis crítico del modo de pensar, de los puntos de partida y del sentido del pensamiento, resultan fundamentales. Por lo que decíamos antes: uno no es lo que declama, ni lo que pretende ni lo que cree ser; uno es apenas lo que hace. Y es preciso recordarlo siempre, en especial, cuando se está en la buena y todavía a tiempo.

Si esto no se ha hecho, o no se lo ha hecho bien –porque no es de buen empleado criticar a la patronal–, o no se ha sido escuchado, si en vez de corregir los errores se ha perseverado en ellos, nada de ello resta mérito a lo ocurrido en los últimos trece años.

Fueron, indudablemente, años extraordinarios y, a poco que uno se detenga un instante a observar las cosas con la debida perspectiva, sorprendentes, de los que es posible que no se vaya a conservar mucho en la realidad, aunque sí que se mantengan vivos en la memoria y subjetividad populares, tal como ha ocurrido anteriormente. Y si lo primero habla de la falta de profundidad de los cambios producidos, en muchos casos más chamuyados que estructurales, lo segundo revelaría lo novedosa que siempre resulta la existencia de un gobierno que, más allá de sus errores y deficiencias, haya estado a favor y no en contra de las mayorías populares. Se puede afirmar, sin temor a errarle mucho, que esta cualidad será valorada en los próximos tiempos en proporción directa al desarrollo de la obra de demolición de las actuales autoridades, coincidente con su cada vez más desembozado desprecio por la inteligencia y la sensibilidad populares.

En todo caso –y en coincidencia con los 30 años de su muerte–, podremos asegurar con Jorge Luis Borges que, al fin de cuentas, “los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos”.





martes, 14 de junio de 2016

Hoy el post lo hace Teodoro Boot: Todo depende de Cristina



Todo depende de Cristina

(y de que sus guiones no los escriba Mel Brooks)

Teodoro Boot

Algunos sectores del kirchnerismo puro, duro, explícito o como quieran autodenominarse aquellos que hacen profesión de fe progresista y convierten en línea política su desconfianza, aversión o prejuicio respecto al peronismo, parecen absolutamente incapaces de aprender de la experiencia y reiteran una y otra vez los mismos errores en lo que, de tan repetida, ya hace rato ha pasado de ser una farsa.

Las consecuencias de la demolición sistemática de Daniel Scioli cuando ya se sabía que habría de ser el candidato, y lo ocurrido con Florencio Randazzo, sorpresivamente desairado luego de que se lo impulsara a una demencial campaña de injurias contra el candidato propio, son demasiado recientes como para insistir en la misma “estrategia”. Si es que se puede llamar así a esta versión de colegio diferencial de “pegar para negociar” de Augusto Timoteo Vandor, dirigente al que le sobraban picardía y timing, ese sentido del tiempo y la oportunidad de la que, obviamente, Randazzo y sus equivalentes carecen.

Porque hubo Randazzos antes y los hay ahora, impulsados a hacer lo mismo y con los mismos previsibles resultados. Sólo los diferencia su respectiva calidad humana y de ahí el distinto modo en que cada uno reacciona luego de constatar el papel de preservativo que se le tenía asignado.

Como sea, de juzgarse por los resultados –¿y de qué otro modo juzgar una estrategia política?–, la elección del guión, o de los actores, o de ambos, ha sido desacertada.

Pero ¿por qué se insiste en lo mismo?



El juego de las diferencias

Existe la tentación –al menos en el kirchnerismo de la provincia de Buenos Aires– de dirimir la interna peronista en la elección legislativa del año próximo. Y hasta hay quienes dan el ejemplo y toman como modelo la candidatura a diputado de Antonio Cafiero en las elecciones legislativas de 1985.

Desde luego, situaciones aparentemente similares pero en momentos muy diferentes, no son comparables, pero lo que de ningún modo puede hacerse es comparar situaciones completamente diferentes en momentos también diferentes.

Antonio Cafiero no eligió, sino que se vio obligado a presentarse a elecciones por el Frente Renovador, pues el Partido Justicialista, particularmente el bonaerense, estaba controlado por una camarilla todavía más obtusa que reaccionaria cuyo principal propósito era conservar su lugar obturando, por todos los medios, la expresión de otras líneas internas. En otros distritos, en cambio, se había podido renovar las autoridades y llegar a los acuerdos necesarios para el surgimiento de candidatos menos desgastados y repudiados por la mayoría de los votantes. Así, y para no entrar en demasiados ejemplos, los cuatro diputados electos en Capital Federal por el Partido Justicialista pertenecían, todos, a la “renovación”: no había sido necesario “dirimir la interna” es una elección general.

Pero ¿qué sentido, motivo o razón tendría hoy repetir la táctica de Antonio Cafiero, cuando las elecciones internas son directas, abiertas y hasta simultáneas?

Conviene también recordar que en las elecciones legislativas de 1985, el peronismo consiguió ganar en apenas un puñadito de provincias y que en la propia provincia de Buenos Aires la UCR se impuso con el 41% de los votos sobre el 27% que obtuvo la lista de Cafiero.

Sería bueno también tomar conciencia de que más allá de las diferencias entre el peronismo y el radicalismo de entonces, el dirigido por Raúl Alfonsín se pretendía progresista y popular, aunque arrastrara algunas rémoras de gorilismo “libertador”. El gobierno actual, en cambio, no es una manera diferente de ser argentino, sino una manera de no serlo: es un auténtico Partido del Extranjero. En consecuencia, no conviene entretenerse jugando a las internas como si nada estuviese sucediendo, como si se tratara de una “alternancia”, uno más de esos muchas veces saludables recambios en el sistema democrático. No hay nada de eso acá.

El tercer elemento que se olvida al proponer estos disparates es que la elección de 1985 era de “medio término” a nivel provincial, pero de “primer término” para el nivel nacional: restaba todavía una elección legislativa, que tuvo lugar en el '87, cuando, ya al frente del Partido Justicialista, Antonio Cafiero consolidó su triunfo, y quedó muy bien parado para las internas presidenciales. Que, sin embargo, le ganó Menem.



Conducción y hegemonía
Dirimir una interna no supone que los vencidos dejen de existir, sino que se tienen que adaptar, siempre y cuando la conducción les dé el espacio necesario para hacerlo. Y he aquí un concepto que se olvida: el de conducción, sobre el que en los últimos años se le ha sobreimpreso, para colmo, desprolijamente, el de “hegemonía”, que no es lo mismo ni se le parece.

Por ejemplo, la insistencia de la “cafieradora” en seguir dirimiendo en 1988 esa interna contra la “ortodoxia”, en seguir entendiéndose como una facción “hegemónica” y no como la nueva conducción de un proceso, tuvo enorme influencia en el rechazo a que quien acompañara a Cafiero como candidato a la vicepresidencia fuera el ex gobernador de Santa Fe, José María Vernet, quien contaba con al apoyo explícito de la UOM. El descarte de Vernet resultó determinante para que Cafiero fuera derrotado por Carlos Menem.

Esos kirchneristas “puros” dejar en el tintero tanto "el detalle" Vernet como el hecho de que no existe en perspectiva otra elección intermedia, necesaria para consolidar las nuevas relaciones de poder internas luego de una ruptura “táctica”. Y, para colmo, olvidan un importante dato de la realidad: que Sergio Massa existe, que se prepara para recibir a los raleados y que será el principal beneficiario de cualquier política sectaria, tanto en el año 2017 como en el 2019.

Lo significativo aquí es que tampoco Massa propone una nueva forma de ser argentino. Por el contrario, es la cara sensata y política de ese Partido del Extranjero que en menos de seis meses nos ha hecho retroceder casi 13 años.

La pregunta que cae de madura es ¿quién tiene tanta necesidad de “dirimir la interna”?



Unidad o confrontación

Tracemos un escenario simulado: si en 2017 la lista de candidatos del FPV la encabezaran Cristina y Scioli, o si Scioli regresara finalmente a la Capital como candidato de consenso, ¿tiene alguien alguna duda de que esa lista se impondría a cualquier otra surgida del peronismo?

De ser esto así ¿qué necesidad obligaría a Cristina a dirimir una interna? Le bastaría con armar una lista amplia, que contuviera a la mayoría de los sectores, que contemplara el parecer y las necesidades de intendentes y dirigentes sindicales, para no tener oposición interna y, detalle nada pequeño, conservar grandes posibilidades de triunfar en la elección general. ¿Cree alguien que algún intendente se rehusaría a participar, que optaría para irse a la buena de dios y a enfrentar electoralmente nada menos que a la ex presidenta?

Invitado a participar, nadie correría a refugiarse en los dudosos brazos de Sergio Massa, de quien todavía se ignora si no terminará siendo una de las tantas estrellas fugaces de la política argentina.

Puede afirmarse que todo depende de Cristina, de su voluntad, sensibilidad e inteligencia. Y eso no es algo que se pueda decir de muchos dirigentes, porque ¿acaso todo depende de Massa? ¿O de Vidal? ¿O de Randazzo? Este hecho, este pequeño “detalle” indica que los cuestionamientos a Cristina son relativos, aunque también justificables, toda vez que no se puede conducir una fuerza política hacia el fracaso y salir indemne. Pero de ningún modo son definitivos.

Si se nos permite una comparación, es posible afirmar que en el movimiento obrero todo depende de Hugo Moyano. Tanto si termina existiendo una sola central o dos o cinco, como si se convoca a un paro general con posibilidades de éxito. No puede decirse lo mismo de Caló, o Barrionuevo, o Yasky. A diferencia de ellos, lo que piense, diga y haga o deje de hacer Hugo Moyano será, de una u otra manera, para bien o para mal, determinante para el movimiento obrero.

De la misma manera y más allá de los gustos de cada quien, lo que haga o deje de hacer Cristina Fernández es determinante para el peronismo, muy especialmente, el de la provincia de Buenos Aires. Y en ese sentido, siendo que le bastaría con una amplia convocatoria, Cristina no necesita dirimir ninguna interna con nadie. Quienes sí lo necesitan son aquellos que en estos años han venido medrando a sus expensas. Los mismos que, como personajes de una comedia del absurdo, creen que la construcción de un hipotético “frente ciudadano” empieza por romper el peronismo.

Habrá quien lo lamente y quien se alegre, pero nadie puede ignorar que dependerá de Cristina una rápida reconstrucción de un frente nacional capaz de detener la entrega del país al sistema financiero internacional. En su defecto, se corren serios riesgos de que sea definitiva.




lunes, 6 de junio de 2016

Hoy el post lo hace Teodoro Boot: Como si hubiera sido ayer



Como si hubiera sido ayer


Teodoro Boot



Hace un siglo, un personaje misterioso, al que pocos conocían, que jamás había pronunciado un discurso, del que existían muy pocas fotografías, pero cuyo nombre se susurraba de boca en boca, vencía al “Régimen falaz y descreído” en las primeras elecciones libres de nuestra vida institucional. Desde entonces, una de las más formidables tergiversaciones de ese Régimen quedó consagrada como verdad incuestionable en la propia imaginación popular: la confusión entre república y democracia, equívoco que en los últimos cien años ha servido para desprestigiar a los gobiernos populares y legitimar a los oligárquicos.



República y democracia

Como su nombre lo indica, la democracia es el gobierno del pueblo, mientras que la república es un sistema político que tanto puede ser democrático como su contrario. Y, aunque a veces cueste recordarlo, lo contrario a la democracia no son necesariamente la dictadura, la tiranía o la monarquía: en tanto la democracia es el gobierno del pueblo, en cualquiera de los sistemas políticos posibles, su contrario es el gobierno de unos pocos, de una elite conformada según sus méritos sociales o intelectuales llamada aristocracia, o de acuerdo a su nivel de riqueza, y en tal caso conocida como oligarquía. En tanto la primera suele derivar en la segunda, por uso y costumbre cuando se habla de aristocracia se termina aludiendo a una oligarquía.

A lo largo de la historia occidental ha habido repúblicas, monarquías y dictaduras aristocráticas así como ha habido repúblicas, monarquías y dictaduras democráticas, aunque conviene recordar que, al menos en nuestra historia particular de argentinos y sudamericanos, fueron más frecuentes las repúblicas oligárquicas que las repúblicas democráticas.



El Régimen

El sistema republicano argentino sancionado luego de Caseros e instaurado con posterioridad a la batalla de Pavón, no tuvo, precisamente, un carácter democrático sino que fue, casi desde sus inicios, francamente oligárquico. Era el Régimen del que hablaba Yrigoyen, ese hombre misterioso que durante 40 años ensayó todos los caminos para que el pueblo recuperara su soberanía, su derecho a decidir y a gobernarse a sí mismo.

Yrigoyen fincó esa posibilidad en el estricto cumplimiento de la Constitución y en la posibilidad de que los ciudadanos pudieran expresarse libremente en las urnas, sin interferencias, manipulaciones ni impedimentos de ninguna clase.

Generalmente se entiende que el líder radical arrancó a la oligarquía la Ley Sáenz Peña de sufragio universal, secreto y obligatorio, tres condiciones que adquieren sentido sólo si van indisolublemente unidas (en lo que conviene insistir ya que a menudo se olvida que es precisamente su carácter obligatorio el que otorga verdadera libertad al voto). Sin embargo, reputados radicales estuvieron muy lejos de compartir la zoncera de que la Ley Sáenz Peña había mágicamente transformado en democrática a una república nacida como instrumento de la oligarquía y espacio en el que dirimir más o menos pacíficamente sus propias disputas internas.

Para Luis Dellepiane, primer presidente de Forja (de la que se apartó cuando esta agrupación decidió abandonar el radicalismo) y diputado nacional por la UCR entre 1946 y 1951, “La Ley Sáenz Peña fue la gran zancadilla que urdió el régimen para frustrar la capacidad revolucionaria del radicalismo embarcándolo en la trampa del electoralismo”.

Dellepiane sabía de lo que hablaba: en ocasión de la primera votación “libre” de nuestra historia institucional, la Ley Sáenz Peña sólo rigió para la elección presidencial, pero mediada por un sistema indirecto gracias al que Yrigoyen, ganador absoluto en términos de votos, estuvo al borde de la derrota en el colegio electoral. Y la mayor parte de los gobernadores, senadores, diputados nacionales y provinciales seguían siendo fruto del fraude, el voto cantado y el vuelco de padrones. El Régimen seguía vivo.

Aun en opinión de historiadores radicales, el error esencial de Yrigoyen consistió en limitarse a intervenir las provincias, pero siempre respetando la Constitución, el Congreso nacional y el Poder Judicial, lo que prácticamente lo condenó a la impotencia.



Diarios y jueces

No debe creerse que el líder radical fuera a caer ingenuamente en la trampa del Régimen, que ya había advertido cuando Luis Dellepiane era apenas un adolescente: fue contra su opinión que los radicalismos de Santa Fe y Capital Federal participaron de las elecciones de 1912, las primeras celebradas al amparo de la nueva ley. Pero Yrigoyen no era el presidente de un partido político sino el conductor de un movimiento de reparación nacional, necesariamente heterogéneo, y tuvo que avenirse al apuro de sus “correligionarios” porteños y santafesinos y finalmente, a aceptar, a disgusto, la candidatura presidencial.

De hecho, en los momentos previos a la elección de Santa Fe de 1912, Yrigoyen manifestó tanto su desconfianza en el presidente de la República que podría decirse que Sáenz Peña, con tal de probar su ecuanimidad, hasta parecía dispuesto a cometer fraude a favor del radicalismo. Lo importante era demostrar que la ley que lleva su nombre garantizaba la realización de la voluntad popular.

Durante el primer gobierno de Yrigoyen, mediante las intervenciones provinciales, tanto los ejecutivos como las legislaturas de las provincias fueron gradualmente representando el sentir de las mayorías, y la propia Cámara de Diputados fue cambiando su composición, aunque el Senado seguía sistemáticamente bloqueando las iniciativas gubernamentales.

Pero al margen del Senado, al Régimen le restaban sus dos principales cartas: el Poder Judicial y los medios de comunicación. Es la primera una camarilla vitalicia, de naturaleza curial y designada sin participación popular que no sólo tiende al autogobierno sino al insólito reemplazo de los poderes legislativo y ejecutivo. Se trata, en realidad, de una aristocracia leguleya que, por lo que cabe comprobar, como todas deviene rápidamente en oligarquía debido a su ligazón con los sectores económicamente más poderosos. También Yrigoyen hubo de soportar las intromisiones de ese Poder Judicial, conformado para garantizar las formas republicanas a expensas de la democracia.

La segunda carta de ese régimen oligárquico era, y sigue siendo, el sistema de medios de comunicación que ya en tiempos del primer gobierno yrigoyenista había comenzado a modernizarse. Esto es, a abandonar su antiguo carácter doctrinario, partidario y propagandístico, para adoptar las novedosas técnicas de manipulación popular.

Los medios de comunicación hegemónicos –por entonces los diarios La Nación, La Prensa y Crítica– se abocaron a demoler, sistemáticamente, la figura de un hombre probo como hubo pocos. Ocurría que el conjunto de la política de Yrigoyen, sus inclinaciones populares, su neutralidad en la guerra, su independencia de los grandes imperios, la aparición de los nadies en la política y la función pública, la democratización del Estado, le granjearon el odio de la oligarquía, que casi de inmediato procedió a inventarle motes denigrantes y a modelar la opinión pública mediante la mentira y la tergiversación.



La injuria como método y la mentira como sistema

Así, debido a su temperamento reservado y taciturno, Yrigoyen será “el Peludo” y su casa, ubicada en un modesto primer piso de la calle Brasil, “La cueva del peludo llorón y espiritista”. El presidente, votado en su primera elección por más del 50% de los argentinos y en la segunda por cerca del 70 %, será llamado “El terror de los zaguanes de Balvanera”, “Terror epitalámico de las normalistas”, “Dios pardo”, “César mestizo, germanófilo y bárbaro”, “Mazorquero del arrabal” y hasta “Hijo natural de Rosas”. En palabras de Jorge Abelardo Ramos, “Es la misma resaca periodística venal que injuriará treinta años después a Perón, como lo había hecho antes con todos los gobernantes populares argentinos. Se lo quiere aniquilar por el ridículo”.

Ramos habrá estado pensando en Artigas, Dorrego, Facundo o Rosas, pero bien podría haber aludido a Evita, Cámpora, Alfonsín, Kirchner o Cristina Fernández.

Yrigoyen no contestará ni se defenderá jamás, ni permitió que lo hicieran sus ministros. Domingo Salaberry, ministro de Hacienda entre 1916 y 1922, no pudo resistir. Acusado de venalidad en la distribución de cupos para la exportación de azúcar, y abrumado por la campaña en su contra, se suicidó poco después de dejar su cargo. Posteriormente se supo que todo no había sido más que una manipulación de la prensa, usada por la oposición y hasta por los sectores radicales opuestos a Yrigoyen.

“La prensa oligárquica –dice también Ramos–, junto a los diputados y senadores que Yrigoyen no se había atrevido a remover de sus malhabidos cargos, desarrollaron una campaña que agigantó los errores de su gobierno, inventó otros y trabó la acción de sus más significativos proyectos".

Para 1930, la caída del gobierno del hombre que dos años antes había obtenido 838.000 mil votos de un total de 1.250.000, parecía ser un clamor universal. Se dijo que el gobierno había saqueado el Banco Nación y que le debía más de 150 millones de pesos. Después se sabrá que se trataba de una afirmación falsa y que el Banco nunca había tenido mejor época. Se afirma que el crédito exterior está arruinado, y una semana antes de la revolución de septiembre, la casa bancaria americana Chatham Phoenix ofrece al gobierno un crédito de trescientos millones de dólares. El ministro de Agricultura es silbado y agredido físicamente en la exposición rural. En el Teatro Colón se distribuyen insignias revolucionarias. Comienzan las manifestaciones de los estudiantes que al grito de “Democracia sí; dictadura no”, piden la renuncia “del mazorquero”.

Yrigoyen permanece gravemente enfermo en su casa de la calle Brasil. El gobierno recibe el apoyo de la Fraternidad, de la Unión Ferroviaria, de los tranviarios y de empleados y obreros de todos los ferrocarriles, que anuncian la voluntad de permanecer en sus puestos. Los diarios nada informan.

Se dice, en cambio, que el gobierno está sin dinero y que no podrá pagar los sueldos, que las entradas aduaneras son insignificantes, que la crisis exige que asuma la presidencia un hombre joven, activo y capaz. Se dicen muchas cosas que nunca se demostrarán



El final de un ciclo

A través del Partido Socialista justista y del Parido Socialista Independiente, de los nacionalistas de La Fronda, de los fascistas de la Liga Patriótica, de los Antipersonalistas, de los Conservadores, de diferentes líneas internas del radicalismo, del Poder Judicial y fundamentalmente de los grandes diarios, financiados ahora por las empresas petroleras, el Régimen había uniformado la opinión en contra del presidente.

El golpe de Estado de 1930 es recibido con alivio y saludado con algarabía por muchos de los que, dos años antes, habían dado al presidente un respaldo apabullante.

La turba saquea e incendia un diario afín al radicalismo y asalta la casa de Yrigoyen, quien ha salvado su vida providencialmente y, enfermo, es conducido en automóvil hacia La Plata.

“Allá va en el doloroso atardecer el pobre viejo –dice Manuel Gálvez, entonces opositor a Yrigoyen, testigo de los sucesos y a la postre su mejor biógrafo–, ignorando la magnitud de su desgracia. Cree que todo ha sido un motín militar, una sorpresa muy hábil. No sabe que el pueblo entero, aquel pueblo al que tanto ha amado, por el que tanto ha hecho, por el que ofreció su vida en varias ocasiones, se siente liberado de su poder. No sabe tampoco hasta dónde llega el abandono de su partido, de ese partido que él formó, que llevó a la victoria y al gobierno. (...) Es su amor a la Libertad lo que le ha arrancado del poder. Él permitió que los diarios formaran la conciencia revolucionaria. No hubiera habido revolución si él, menos respetuoso de la libertad, menos demócrata, hubiera clausurado los diarios adversos, enviando a Ushuaia –lo harán después los triunfadores de hoy– a los conspiradores”

“Ahí va –prosigue Gálvez– enfermo, silencioso, pensativo, el pobre viejo vencido, más grande en el dolor y en la derrota que en el gobierno. Allá va, expulsado por el pueblo, él, que dedicó a su liberación cuarenta años de su vida; expulsado por los proletarios, él, el único presidente que hizo obra para el pobre; expulsado por los patriotas, él, que defendió como nadie la independencia de la patria”.

Escenas parecidas se volverán a vivir a lo largo del siguiente siglo, cada vez que el Régimen vuelva a derrotar a la causa de los pueblos.

Yrigoyen será enviado a Martín García, donde permanece prácticamente los siguientes tres años, hasta que, gravemente enfermo se le permite trasladarse en forma definitiva a Buenos Aires, donde fallece el 3 de julio de 1933.



La despedida

“Entonces –sigue diciendo Gálvez– comienza uno de los espectáculos más extraordinarios y emocionantes que hayan acontecido en el mundo: el velatorio de Hipólito Yrigoyen. Se prolonga dos días y medio: desde la noche del tres hasta el mediodía del seis. (...) Una multitud tumultuosa y sin cesar renovada y aumentada, brega por acercarse a la casa y entrar (...) Es un mar humano que se mueve en olas lentas y compactas, pero a cada rato llegan nuevas olas de impacientes y las masas se aplastan contra las puertas o las paredes y se precipitan hacia la calle arrastrando a los que encuentran en su camino (...) El día 5 una larga cola de gente espera su turno. La hilera es compacta y ocupa la acera desde las paredes hasta la calle. (...) Por las tardes y las noches se realizan manifestaciones diversas, que la policía disuelve. Casi todas tienen por motivo protestar contra el gobierno que no permite velar el cadáver en la plaza pública. Una de esas multitudes fanáticas ha intentado entrar en la casa, sacar el féretro y llevarlo a la Plaza de Mayo”.

“La más extraordinaria de las manifestaciones se realiza la última noche. Una multitud acongojada, llevando antorchas, desfila frente a la casa del caudillo. Son muchos millares de hombres. Es un espectáculo impresionante, de rara belleza y de profunda emoción (...) Así recorren varias calles en la alta noche. Y frente a la casa del muerto, una multitud permanece inmóvil, rezando unos, llorando otros y cantando todos, hasta entrada la mañana”.

Finalmente, el ataúd es trasladado a pulso durante cuatro horas, hasta llegar al cementerio de la Recoleta. “La gente pronuncia palabras de agradecimiento, de dolor o de afecto al paso del féretro.... ‘Es el Padre de los Pobres’, dicen unos. ‘Él salvó a la Patria’, dicen otros. ‘Fue el creador de nuestra democracia’, gritan aquí y allí. Trepado a una ventana un hombre humilde solloza estas palabras: ‘Y decían que te queríamos por interés, por puestos públicos...’ Otros despiden al muerto gritando ‘¡Adiós, Viejo’, o levantando en el sombrero y vitoreándolo. Y hay un dolor tan grande entre los que marchan en la columna, hay tantas lágrimas, se ven tantos rostros acongojados, que todo esto parece el arrepentimiento del Partido Radical por haberlo abandonado el 6 de septiembre, y el arrepentimiento del pueblo por haberlo expulsado del poder”.

El arrepentimiento ha llegado demasiado tarde, como siempre, como había llegado antes y llegaría después. El Régimen, que ha inventado una república para no perder el poder, que ha diseñado la justicia para impedir el cumplimiento de las leyes sancionadas por las mayorías, que ha dado forma y perfeccionado un sistema de medios de comunicación para demoler a los líderes populares, para manipular el pensamiento y la opinión y, cada tanto, obtener mayorías circunstanciales, ese Régimen había vuelto a triunfar. Como había ocurrido antes, ocurrió después y volverá a ocurrir siempre que se insista en confundir república con democracia y los dirigentes populares olviden que es derecho del pueblo el crear las instituciones que lo representen, en vez de permanecer fiel a las diseñadas para vulnerar su voluntad.