jueves, 6 de octubre de 2011

Hoy el post lo hace Teodoro Boot: Todos contra Roca


¿Justicia indígena o venganza porteña?

Por Teodoro Boot

Teodoro Boot escribe acerca de Roca y su tiempo frente a la ola de demonización de su contorvertida figura (y la desgracia de que lo defienda Mariano Grondona) situandolo en su tiempo y las luchas políticas y económicas que se suelen omitir cuando se discute acerca de su obra.

A Teodoro me lo encontré el lunes y me habló acerca de la nueva etapa que se viene y la imprescindible necesidad de consolidar el movimiento nacional, una discusión sobre la que espero nos envíe lo que vaya pensando.

A Julio Argentino Roca le salió el peor de los defensores posibles: que a un tipo lo defienda Mariano Grondona es casi una admisión de culpabilidad… si es que ese tipo se encuentra en condiciones de aceptar o rechazar esa defensa, lo que no es justamente el caso. Roca, que es de quien hablamos, murió de viejo hace exactamente 97 años. No es su culpa si ahora le salió un Grondona, así como antes le salieron un Félix Luna o un Jorge Abelardo Ramos, tal vez su mejor y más exaltado panegirista.

Como no es cuestión de escribir un libro, optaremos por la síntesis y la simplificación, lo que conlleva el riesgo de la arbitrariedad, pero en tren de una más fácil lectura debería concederse la posibilidad de que toda afirmación pudiera en su oportunidad fundamentarse.

Roca nació en Tucumán en 1843, en el auge del poder rosista y en una provincia mediterránea tradicionalmente antirrosista, en gran parte por antiporteña, dos datos a tener en cuenta y que deberían sumarse a un tercero: fue educado en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, institución que no tuvo su Juvenilia, pero en la cual fue moldeada la futura clase intelectual y dirigente de la Confederación Argentina.

La existencia de la Confederación Argentina es otro dato a tener en cuenta: existió, institucionalmente organizada, desde la proclamación de su Constitución en el año 1853 –cuando Roca no llegaba a los 10 años de edad– hasta que su jefe político y militar, Justo José de Urquiza, decidió perder la batalla de Pavón. Roca tenía entonces 18 años y combatió en el bando confederado.

La batalla de Pavón y su extraño desenlace son considerados a veces una pintoresca anécdota menor de la historia argentina, opacada, por ejemplo, por la batalla de Caseros, que acabó con la gobernación de Juan Manuel de Rosas y su manejo de las relaciones exteriores de la Confederación en su etapa aun no institucionalizada. Pero Pavón no fue un hecho menor. Mientras para muchos de los contemporáneos y aunque terminara siendo otra cosa, Caseros podía ser vista como la voluntad de parte del interior argentino impuesta sobre el arbitrario manejo portuario y aduanero que ejercía la provincia de Buenos Aires, Pavón fue la claudicación del proyecto federal de trece provincias ante lo que de ahí en más y por veinte años será la omnímoda voluntad de los comerciantes porteños y los ganaderos bonaerenses, ambos ligados mucho más estrechamente al comercio exterior que a una economía nacional.

Militar de profesión, el joven Roca pasará a revistar en el ejército nacional, eufemismo por el que será conocido el ejército porteño que por directivas de Mitre y Sarmiento aniquilará los levantamientos provinciales de Ángel Vicente Peñaloza, Felipe Varela, Pancho Saá y Simón Luengo, acabará con el Paraguay independiente de Francisco Solano López y extinguirá la última de las montoneras argentinas dirigida por el gobernador entrerriano Ricardo López Jordán.

A diferencia de federales de una generación anterior, como Telmo López, el mismo López Jordán, los hermanos Hernández, Olegario Andrade y Carlos Guido y Spano, Roca combatirá contra el Paraguay y, en el bando contrario a todos ellos, y será quien personalmente ponga fin a las quijotescas andanzas de Ricardo López Jordán. Tenía entonces 28 años y era uno de los más prestigiosos oficiales del ejército.

A los 32 años y ya ministro de Guerra, lleva a cabo lo que la historia oficial recuerda como la mayor de sus hazañas, la “Campaña del Desierto”, que Estanislao Zevallos, en un opúsculo particularmente racista promovió como “La conquista de 15.000 leguas”.

La Campaña del Desierto permitió a la todavía inexistente República Argentina ocupar la Patagonia y fue un auténtico genocidio, uno de los cuatro o cinco genocidios perpetrados por nuestro país –se podrá decir, “por la clase dirigente de nuestro país”, pero va de suyo que la que dirige es siempre “la clase dirigente”.

Técnicamente hablando –al menos en la acepción que da al término Naciones Unidas–, genocidios también fueron la casi literal desaparición de los afrodescendientes –mayoritarios en el virreinato rioplatense al momento de la Independencia–, la “guerra de policía” contra las provincias del noroeste, la eliminación física de más del 70 por ciento de los hombres paraguayos durante la guerra de la Triple Alianza y la más reciente persecución, asesinato y desaparición de opositores políticos durante la última dictadura militar.

Cinco años después de la “Campaña del Desierto”, en su condición de jefe del ejército y candidato presidencial de las provincias, es el todavía joven Roca quien acaba con la nueva revolución secesionista porteña, esta vez encabezada por Carlos Tejedor.

Y este es un punto donde conviene detenerse. Si bien “el problema del indio” era un asunto de larguísima data y así como en nuestra vida independiente las distintas naciones aborígenes habían intervenido en las guerras civiles, y ya en 1837 Domingo Faustino Sarmiento había establecido la doctrina básica respecto a “bárbaros” y “salvajes” en su panfleto Facundo. Civilización y barbarie, no había sido la siempre ambigua relación con las naciones aborígenes la principal dificultad en la conformación de la nación argentina. Antes bien, el principal escollo había sido Buenos Aires y los intereses de su clase dirigente, el sector mercantil ligado al comercio británico que con el tiempo –y Roca mediante– derivaría en “oligarquía ganadera”.

Al momento en que Nicolás Avellaneda –que había inaugurado su mandato enfrentando una revolución porteña orientada por Bartolomé Mitre– terminaba su período, en Buenos Aires se preparaba a una nueva secesión, similar a la que se prolongó desde 1852 hasta 1860, cuyo propósito era la constitución, en la margen opuesta del Plata, de una réplica de la República Oriental del Uruguay. Es entonces el ejército nacional, ya librado de la influencia porteña y dirigido por Julio A. Roca, el que lo impide y, triunfante sobre la revolución de Carlos Tejedor, impone la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la de su puerto. Si alguno quiso ver en este acto la victoria del interior argentino sobre la voluntad hegemónica y en su defecto aislacionista de Buenos Aires, a juzgar por los acontecimientos posteriores, se equivocó. Pero el acto es, sin lugar a dudas, el hecho fundante de la Argentina actual, con lo bueno y malo que esto supone, y siempre según quien mira. Lo que está claro es que de no ser por la decisión de Roca, que pasó por encima de las vacilaciones del presidente Avellaneda, nuestro país no sería uno, sino dos. Y no es ucronía suponerlo: era el objetivo explícito de la clase dirigente porteña, hasta en ese momento autosuficiente con su fértil “pampa húmeda”, su puerto y su aduana, constituirse en otra ROU.

Tal vez visto –muy engañosamente– desde hoy, este acontecimiento no revista gran importancia. Es razonable que así sea: el triunfo de Roca –y por su intermedio, del interior argentino– sobre Buenos Aires no fue definitivo.

Roca no dejó un diario, ni dos. Por el contrario, los dos grandes medios “nacionales” que pervivieron, al menos uno de ellos hasta la actualidad, fueron sus principales opositores y contradictores. Ninguno de ellos, claro, lo acusó por su responsabilidad en uno de los grandes genocidios perpetrados por la clase dirigente de nuestro país.

Vale recordar –como para no aburrir con cosas viejas y antes de precipitarnos tal vez muy apresuradamente hacia el final–, que el llamado roquismo fue acompañado y fundamentado por la flor y nata de la intelectualidad argentina de la época, desde los talentosos e injustamente olvidados Osvaldo Magnasco, Rafael Hernández y Evaristo Carriego, hasta los más consagrados –y edulcorados– Guido y Spano, y Olegario Víctor Andrade, y notables políticos como José Hernández, Roque Sáenz Peña o Hipólito Yrigoyen. Que a esa notable generación y a la siguiente, forjada en los albores el roquismo y languidecida lastimosamente luego de su decadencia, nuestro país le debe, tanto la conformación del Estado nacional y el establecimiento de sus fronteras, como las principales leyes “progresistas” de nuestra legislación, como por ejemplo –y para no abundar– las de registro civil, matrimonio civil y educación laica, universal y gratuita, hasta las primeras leyes de protección de los derechos obreros y tal vez el más importante estudio sobre la situación de los argentinos de a pie: “El estado de las clases obreras argentinas", redactado por el catalán Juan Bialet Massé a pedido del propio Roca.

Y puesto que mencionamos a Bialet Massé, constructor del dique San Roque, cabe preguntarse, muy retóricamente, a qué intereses beneficiaba la campaña iniciada por la prensa porteña destinada a difamar toda la obra de gobierno del cordobés Miguel Juárez Celman, que llegó al punto de alarmar a la población de Córdoba anunciando el inminente derrumbe del hasta hoy enhiesto dique… en plena época de sequía.

Suena razonable que a ciertas gentes, ya sea por distracción o interés, algunos detalles le pasen desapercibidos, pero preocupa que quienes militan o adscriben a la causa nacional y popular no adviertan que así como la gran prensa hizo escarnio de los “cabecita negras” peronistas y “la chusma” yrigoyenista, también despreció a “los chinos” del roquismo, vale decir, aquellos sobrevivientes de las guerras civiles que llegaron a Buenos Aires a imponer su voluntad nacional, osadía que el establishment cultural porteño jamás les perdonó.

Julio Argentino Roca no es, ni se acerca mínimamente a ser, algo parecido a una suerte de Padre de la Patria, pero está tan lejos de eso como de ser el gran villano de nuestra historia que cierta moda contemporánea le endilga. Fue el suyo un período histórico lo suficientemente rico y atractivo como para no caer en simplificaciones y consignas políticas que carecen de la menor relación con los dilemas de la época, y conviene no dejarse arrastrar por ciertas consignas supuestamente políticas y lugares comunes “políticamente correctos” que carecen de fundamento histórico y a la vez disponen –si se permite en virtud de nuestra experiencia vital– de una sospechosa cobertura de prensa que vaya uno a saber por qué (y más allá de las opiniones de Mariano Grondona) pretenden transformar a Julio A. Roca en el gran monstruo de la historia argentina.

No lo es. Y las sorprendentes campañas en su contra tienen mucho de sospechoso, tal vez por cierta paranoica asociación que uno puede establecer con las reacciones “indigenistas” contra las estrategias de conformación de un Estado nacional que deben soportar gobiernos como el de Evo Morales o Rafael Correa.

Es comprensible que para historiadores de ideas libertarias como Osvaldo Bayer –que pasan tanto tiempo en Berlín como en Buenos Aires y para quienes el Estado es sinónimo de opresión– el genocidio indígena ejecutado –en parte– por Julio A. Roca, sea determinante y suficiente como para reclamar su excomunión y extirpación de la historia argentina, hasta el punto de volverlo análogo a una especie de Petiso Orejudo de la oligarquía. Pero saliendo de Berlín no es difícil advertir que ese Estado que Roca contribuyó más que nadie a crear, es en cierto modo instrumento de opresión y dominación, pero a la vez campo de batalla y al cabo, instrumento del que se valen las clases populares para defenderse de la opresión de los poderosos, que en estos hemisferios no requieren ni de nacionalidad ni de Estado para ejercer su dominación.

Es así que resulta descabellado escuchar hoy que en virtud de su relativa responsabilidad en uno de los cinco genocidios argentinos sea necesario eliminar a Roca de los billetes de la moneda nacional y dinamitar las estatuas que se le han erigido en diversas partes del país ¿Por qué Roca? ¿Por qué derrumbar la estatua de quien, además de derrotar mapuches, impuso la voluntad provinciana sobre Buenos Aires, conformó la Argentina actual y construyó el Estado nacional?


Más que un reclamo imposiblemente indigenista, esta campaña parece nacida de una vieja animadversión porteña. Y sería bueno aclarar este dilema, porque si se trata únicamente del genocidio indígena, sobre el cual con tanta liviandad como ignorancia se afirma que (¡en 1875!) había otras alternativas, convendría agarrárselas con los autores intelectuales del crimen y no tan sólo con sus tardíos ejecutores materiales, que resultan chivos expiatorios ideales en virtud de que carecieron y carecen de diarios y órganos forjadores de prestigio intelectual que los defiendan.

Cabe recordar que cualquier posibilidad de negociación con las naciones indígenas tendiente a su integración a la entonces embrionaria nacionalidad argentina, había acabado con la caída de Rosas, aunque justo es decir –a juzgar por los tratados de paz firmados entre Calvuncullá y Urquiza en representación de la Confederación Argentina, y más tardíamente entre Lucio Mansilla y los ranqueles (acuerdo este último desautorizado por el presidente Sarmiento), que esa integración habría sido posible de no ser haber sido derrocado Rosas y de no mediar la sujeción de Urquiza a la política porteña personificada en Bartolomé Mitre.

Lo que puede estar claro, sin mayores esfuerzos intelectuales, es que entre los pueblos o naciones aborígenes y la incipiente oligarquía bonaerense, representada por Mitre mucho más que por Roca, no había ninguna posibilidad de entendimiento. Y esto estaba claro desde 1837, cuando en su obra magna Sarmiento explicó, a sus contemporáneos y a las generaciones posteriores, que en nuestra América, los hombres se dividían en tres clases: salvajes, bárbaros y civilizados. Y así como en esa obra –Facundo– el padre del aula desarrolla su programa político y nos explica que es necesario civilizar a los bárbaros, aunque sea a palos, también nos dice que a los salvajes resulta imprescindible exterminarlos.

Facundo fue escrito y publicado en Chile, seis años antes de que a al coronel Segundo Roca se le ocurriera hacerle un hijo a la hermana menor de Marcos Paz. Es así, por decirlo de alguna manera, que resulta curioso que en el momento en que nuestros mestizos –a no olvidarlo, irremisiblemente mestizos– pueblos americanos se abocan a la impostergable conformación de sus estados nacionales, paso previo e indispensable de la unidad continental, cobren tanto énfasis y tengan tanta difusión discursos supuestamente indigenistas que en pos del necesario respeto y reivindicación de las diversas culturas que conforman nuestra común nacionalidad americana, sean a la vez funcionales a ideologías y políticas que en la práctica atentan contra esa nacionalidad. Y en consecuencia, contra las diferentes identidades étnicas y culturales que la conforman.

La “demonización de Roca –como dice su inopinado, sorprendente e incongruente defensor– parece ir en esa sintonía. ¿Qué sentido tiene el reclamo de eliminar la imagen y derribar las estatuas del creador del Estado nacional y artífice del triunfo del interior argentino sobre Buenos Aires? ¿Por ser el perpetrador de la fase final del genocidio indígena?

Pues bien, si ése el motivo, eliminemos su imagen y derribemos sus estatuas, pero sólo si antes eliminamos las imágenes y derribamos las estatuas de Rivadavia, Mitre y especialmente del autor intelectual y cimentador ideológico de la tragedia indígena: Domingo Faustino Sarmiento.

Y si no, no.

13 comentarios:

Anónimo dijo...

Simplemente brillante

Anónimo dijo...

Discutible o no, es un placer leer esta nota. Al menos sostiene y fundamenta. Cuánta diferencia con Romero:
http://artepolitica.com/lecturas/bajen-a-roca-alcen-a-nestor/

No quiero juzgar al hombre por una nota, pero algo muestra.

Me sorprende que Boot no hiciera referencia a ella específicamente, aunque colateralmente lo hace.
Ladislao Fokas

Anónimo dijo...

Está buena la nota, pero me extraña la nula referencia a la consolidación de la oligarquía terrateniente durante el roquismo, en parte por la distribución de las mas de 10 millones de Ha entre ellos.

Antonio (el Mayolero) dijo...

Hay otra cosa del controvertido Roca. En 1903 compra las instalaciones que una misión científica Escocesa habia levantado en las Islas Orcadas del Sur, y establece alli la Primera base Antártica Argentina, y ¡una oficina de correo! que al despachar las primeras cartas por el barco que los llevó, con su correspondiente matasellos, son la primera prueba documental de soberanía Nacional sobre ese Territorio, documento de un acto administrativo, que sostiene jurídicamente todo el andamiaje de Soberanía Antártica.
Hacia falta una visión Geopolítica bastante amplia y muy superior a la de la Oligarquia Ganadera, e inclusive contra los preceptos Sarmientinos para meterse en esa jugada.

ahli dijo...

Compañero Néstor:
¡Gracias! Me alegra profundamente pasar del planteo declamatorio y 'políticamente correcto' al análisis fundado y fundante.
Siempre se pueden hacer observaciones críticas a cualquier material. Pero - en este caso - no debo ceder a mi impulso inicial narcisista y quiero solo centrarme en la calidad del aporte que abre amplias posibilidades para estudiar y debatir en lo económico, social, cultural y, obviamente, político.
Los que somos 'atravezados' por la militancia sabemos cotidianamente lo que es manejarnos con dicotomías: 'blanco-negro'; 'autonomía-dependencia'; etc.
También hay que saber leer a Bayer (aún pese a sus licencias berlinescas...)
Nuevamente, gracias. Y va el consabido abrazo cumpa y militante,
Aníbal

Rastrojero dijo...

Hace tiempo que esperaba una toma de posición inteligente sobre Roca desde el peronismo o desde los blogs
y si, es una lastima que lo defienda Grondona, y además que lo "defienda" tan mal

Capitán Yáñez dijo...

La Política nunca vá en línea recta, más bien prefiere el zigzag. La Historia, en tanto estudio de la Política -condicionada siempre por los usos y costumbres de cada tiempo- no puede ser enteramente "objetiva", porque el que la escribe lo hace impregnado de los usos y costumbres de su tiempo, cuando no directamente tomando partido. Lo mismo pasa con la Economía (como "ciencia"): no se puede analizar a un "consumidor" -para utilizar la jerga neoclásica- con la "objetividad con la que puede observarse caer una piedra, y el analista suele no ser "neutral". Y hay períodos particularmente complejos de la Historia en los que los protagonistas no sólo andan -o anduvieron- en zigzag sino incluso en círculos. A ésos no les cabe ninguna línea recta. Roca es uno. Rosas, Perón, ¿Kirchner? son otros. Por lo tanto se los puede tomar tanto por héroes como por villanos. Rivadavia fue un perfecto tránsfuga, además de un imbécil al que se le ocurrió la fantástica idea del "gran canal" allí donde no era necesario ni había cómo llenarlo de agua. Pero como tránsfuga al servicio inglés había que reivindicarlo, y se lo llamó el "hombre que se adelantó a su tiempo". Bueno, de esto ya se ocupó Jauretche. Dinamitar los bustos de Rivadavia y cambiar el nombre de la avenida sería un bien necesario. Con Roca el asunto es más complicado. En efecto: forjador del Estado Nacional (ningún Estado Nacional fue forjado por los "pueblos". Por el contrario, fueron, casi todos, forjados por las monarquías absolutas) y genocida en el proceso. Todo junto. Lo de Grondona no es incongruente, compañero: Grondona reivindica el genocidio más que la forja del Estado. Es un civilizador "a la Sarmiento". Y, de paso, un beneficiario, por el lado de la familia de su mujer, de uno de los efectos colaterales (inevitables en ése tiempo) de la "campaña al desierto": el reparto de las tierras apropiadas. En cualquier caso: en estos dias, con una crisis económica al acecho, bueno es reforzar la identidad nacional analizando a fondo cómo se forjó nuestro Estado y como se lo usó desde entonces hasta ahora. Esa sería la discusión, no si hay que sacar a Roca o no de los billetes de cien. Eso es pelotudez pura, venga de donde venga. Podríamos decir: Si es Bayer no necesariamente es bueno.
Un abrazo peronista.

Felix Jimenez dijo...

Muy buena la nota. A manera de contribución sugiero la lectura de lo que escribió el Gral. Peron sobre la campaña de Roca en Obras Completas de Perón tomo V, páginas 107-115 con título "Campaña del General Roca(1879)". Perón era un conocedor acabado de la Patagonia y en el mismo volumen hay una Memoria Geográfica del Neuquen que él mismo relevó entre 1934 y 1935 mas un compendio etimológico araucano.

guido dijo...

Interesante, pero los mismos matices podrían aducirse con respecto a Mitre, que no por nada lideró el ala nacionalista del partido liberal, contra la autonomista que Roca derrotó en puente Alsina.

La probabilidad de un triunfo autonomista contra Roca es debatible. Es el peso del estado nacional (burocracia, recursos, hombres) lo que hacía inviable (ya 6 años antes, cuando lo intentó Mitre) un triunfo militar basado en guardias nacionales y otras fuerzas militares.

Y, sobre todo, no es cierto que no hubiera otra alternativa que el "genocidio" (si se quiere usar esa expresión). Además de los indios de "tierra adentro", desde la campaña de Rosas (y aún antes) había indios afincados en la frontera. Algunos, como Catriel y Coliqueo tenían propiedades en las ciudades de Azul y Los Toldos, marcaban a su ganado como cualquier otro ganadero, enviaban a sus hijos a la escuela y participaban del comercio y la política local. Mas allá de ser caudillos militares de otros indios (con grado y sueldo de guardias nacionales), su vida cotidiana no difería de la de cualquier otro estanciero. En el Río Negro, Sayhueque, se proclaba gobernador, pedía el reconocimiento de sus tierras como provincia argentina, se paseaba con la bandera, y colaboraba con el estado contra los indios de tierra adentro.

Al momento de la conquista, sin embargo, las tres alternativas (la resistencia a la expansión del estado en los de tierra adentro, la integración renunciando a la autonomía de los indios amigos, el intento de integración autónoma en pie de igualdad por los manzaneros) tuvieron el mismo final.

Estoy de acuerdo con el autor en cuanto a lo tonto de las campañas infantiles de "demonización" (de Roca, pero también de Mitre, de Sarmiento, etc.). Pero no creo que vaya en contra de sentido nacional alguno asumir que la construcción del estado argentino vino acompañado de una campaña de expansión colonial, fundamentada ideológicamente en los mismos términos en los que se fundaba en la Europa que era referencia de Roca, Sarmiento, Mitre y todos los demás.

David dijo...

Che, entre las leyes progresistas se olvidaron de la Ley de Residencia

Pincha Carioca dijo...

Sujeto controvertido, seguramente, como tod gobernante, da paño para el debate. Igual dos cosas: No hay pruebas de un genocidio contra la población afrodecendiente. La enorme llegada de inmigrantes desde la década de 1860 absorvió esa población que las estadísticas realizadas sobre el período no colocaban en más de 25%. Entre 1869 y 1914 Buenos Aires creció 10 veces, es solo hacer cuentas.
La otra es sobre el Paraguay. Argentina abandonó la misma, antes de que terminara y el exterminio está más en el haber de Brasil que de Argentina, fue participe pero no responsable absoluta.

dardo dijo...

El tema es que lamentablemente, y no planeo hacer apología, si no hubiera hecho Roca la campaña del Desierto, la hubieran hecho los chilenos, o los ingleses. Y la Patagonia sería o chilena, o inglesa, o quién sabe qué, hasta galesa. Los indígenas no hubieran armado un estado independiente que se hubiera anexado a Argentina porque eso hubiera sido un plato para devorar para cualquier otro país expansionista. Estuvo mal matarlos, quizás se podría haber hecho de otra manera, pero estamos hablando de tiempos donde las "otras maneras" no existían que digamos.

Barullo dijo...

Aprovechando la cercanía de la fecha y el tema indígena... ¿sería mucho pedir un artículo sobre la Conquista?